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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Lunes, 28 de Julio de 2014 01:00

1914-2014: centenario de la I Guerra Mundial  

Por Marcos Marín Amezcua

28 de julio de 2014. Hemos llegado al centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-2014). Una fecha esperada por muchos historiadores y por personas dedicadas al estudio del quehacer humano, porque la Primera Guerra Mundial (IGM) fue un parteaguas de la Historia. Solo dos datos significativos entre muchos, adelantan su relevancia: fue la primera guerra efectuada con una mentalidad propia del siglo XX y su advenimiento supone el final abrupto del siglo XIX.
Reflexionar en torno a este suceso de tan gran envergadura histórico-militar es una ocasión ineludible que nos encarrila a conocer más, no solo del episodio  en sí, que bien podemos contar desde ya con cuatro años por delante para efectuar diversas reflexiones alrededor de él, sino para ponderar de forma inexcusable cómo el mundo cambió tras de aquella contienda que sepultó en definitiva los gazmoños valores del Positivismo, que clamaban al Hombre alejado de la superada guerra como su estado más bajo de conciencia y sus valores eternos inalienables, que se fueron a morir a los campos de Europa.
Aquella Gran Guerra, la Gran Guerra Europea, la última guerra por ser la guerra que acabaría con todas las guerras, como sostuvieron los afectados y parsimoniosos aliados vencedores, tal y como fue denominada en su día, y que atrapó a un continente entero con absoluta rapidez, pues ni los países neutrales como España o los Países Bajos escaparon a sus consecuencias mediatas e inmediatas, algún día fue vista, mucho después de concluida, como la primera de dos conflagraciones de alcances planetarios y no exclusivamente europeos como se había sostenido, aunque en gran medida aún lo fue así, imprimiéndoles ese cariz y esa denominación definitiva de “mundial” con la que hoy la conocemos, pues existió una segunda guerra aún más destructiva y decidida e infortunadamente universal. Aún se discute en nuestros días si la primera no fue más que un adelanto de la segunda, que naciera con ella misma cuando fue declarada aquel ya centenario 28 de julio de 1914.
Hoy cuesta creer como en una semana, una semana, escasamente, las principales potencias europeas se precipitaron al vacío en el máximo esplendor del señorío mundial europeo, arrastradas unas a otras por el intricado sistema de alianzas militares, dispuestas a sobresalir con su recalcitrante nacionalismo y a masacrarse, enarbolando sus rencillas, su osadía y su lacerante deseo de venganza; avalando intereses que en efecto, pudieron no ser los de las mayorías, o quizás sí que lo fueron, porque el revanchismo existente en todos los estratos sociales sí se produjo, fue cierto y no puede exculpar a nadie, pues fueron muchos los que jalaron de los gatillos, plenamente conscientes.
La guerra que arrastró al Imperio Otomano –el hombre enfermo de Europa– a su disolución, abriendo las puertas al conflicto árabe-israelí tras la paz de Sèvres, y que  atrajo a ella por igual a los Balcanes y a las remotas posesiones coloniales europeas o a Japón; fue el enfrentamiento que presenció las armas químicas y el submarino, la aviación y el tanque, empero aún fue peleado de forma romántica con sable y nos legó al Barón Rojo y a Lawrence de Arabia; también nos dejó el concepto del “soldado desconocido” ante la imposibilidad de identificar a los caídos en aquel aniquilamiento, pues la matanza de la guerra de trincheras imposibilitaba hacerlo. Fue la misma que convocó poco a poco y tardíamente a los Estados Unidos y tras de ellos, a algunos países hispanoamericanos como Panamá y Cuba y aún contó con participaciones tan periféricas como la de Brasil y Portugal, que confirieron un cariz mundial, cuasi universal, al conflicto armado aquel que nos congrega cien años después.
¡Dicen que Europa se murió en 1914! Otros solo adelantan que fue el inició de una guerra civil europea que se cerró en 1945. Y hubo quien planteó que el continente europeo solo intentó suicidarse dos veces en la pasada centuria, casi consiguiéndolo en la segunda ocasión.
Porque con la Primera Guerra Mundial surge la idea de que Europa, la vieja Europa, se acabó justo hace cien años. Me ronda y me carcome tan sugerente arquetipo. Que se sostenga que ella solo es ya el remedo de sí misma. Cuando el historiador francés René Aimé en una charla informal me confesaba que Francia hacia setenta años que nada aporta y que para él, la veta “Europa” podía estar agotada, pienso si en verdad así es y el 14 extiende sus sombras hasta nosotros o es una mera exageración. Algo, mucho se murió en aquella guerra. Así, Europa lleva un siglo reinventándose a sí misma, pero fuera, vista desde ultramar, nos deja cierta sensación de que vive de su pasado, apenas dando intermitentes destellos de su presente y su futuro. Su permanente mirada a un pasado ido pareciera que muchas veces pesa más en su presente. Le reitero que lo digo a la distancia, desde otro continente.
El último siglo trajo aparejado muchos cambios que desató aquella trapatiesta del 14. Empujo el desarrollo del armamentismo y los más mortíferos crímenes evidenciados; abrió paso a la Revolución Bolchevique, a la decadencia imperial europea y a los totalitarismos, acelerando la masificación de los medios y la cultura; es cimiente de la crisis del 29 y consolidó el feminismo, al empujar a las mujeres a las fábricas, sustituyendo a los varones que marcharon al frente, revolucionando su posición económica y mutando sus valores más acendrados, aun en la moda, que aceleró su paso entre la escasez de la guerra y el atrevimiento de las féminas a portar faldas más cortas, en tanto ganaban el derecho al voto y al divorcio y se negaban a regresar a su vida pasiva hogareña. La Gran Guerra nos condujo a la flapper liberada y audaz.
La IGM cuestionó la supremacía europea –que después Ortega y Gasset denunció en decadencia en “La Revolución de las Masas” y acusara el Círculo de Viena– y pronto los movimientos libertarios extraeuropeos la desafiaron: India, Quebec, China misma. El colonialismo tradicional entraba en su fase final. Las hostilidades dieron paso a la Paz de Versalles con su humillante firma, semilla de la siguiente gran guerra e impulsora de la Sociedad de las Naciones, el primer esfuerzo diplomático serio y permanente para alcanzar la paz, precedente de la ONU. Las revoluciones en el arte reclamante de entreguerras, prototipo del siglo XX, de intrépidas formas y cuestionantes mensajes sobre la percepción del mundo y la integridad del Hombre, acompañando nuevas expectativas y renovados discursos, también brotaron de aquella disputa cuyo centenario hoy conmemoramos.
Aunque México no fue a la guerra aquella y carece de un monumento que la recuerde, una centuria después se suma a preguntarnos: ¿aprendimos algo? Esa es la pregunta clave que deja este centenario. ¿Quisimos aprender algo y fuimos capaces de hacerlo? ¿aprovechamos esa riquísima experiencia? Júzguelo usted. Mientras, quedémonos con las proféticas palabras de Sir Edward Grey, ministro de exteriores británico, al sentenciar al inicio de la pugna aquella lamentando el fin del cénit europeo: “(poco a poco) las luces se apagan en toda Europa. No volverán a encenderse por mucho que vivamos”. Y tuvo razón. Europa no recuperó su supremacía. Y ya pasó un siglo de todo aquello.
 
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