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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Miércoles, 20 de Agosto de 2014 01:00

Centenario de la muerte de San Pío X  

Por Marcos Marín Amezcua

El 20 de agosto de 1914 murió en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano, el papa Pío X, quien fue canonizado por Pío XII en 1954, en el cuadragésimo aniversario de su fallecimiento.
Ha transcurrido una centuria desde aquel inesperado acontecimiento –nadie lo suponía, fue intempestivo– y este aniversario redondo invita a reflexionar brevemente la obra trascendental del pontífice que muriera recién iniciada la ulteriormente llamada como Primera Guerra Mundial, suceso que hizo temer lo peor a sus contemporáneos, al producirse a inicios de aquella conflagración que prometía arreciar sin contar ya con los auspicios reconciliadores que hubiera impulsado el Vicario de Cristo finado entonces, y que despertó esperanzadores deseos a más de uno para detener aquella carnicería que fue la guerra del 14 al 18.
Pío X, San Pío X fue patriarca de Venecia y obispo de Mantua y alcanzó el solio pontificio en el cónclave de 1903 a la muerte del insigne pontífice León XIII, como resultado del veto que impuso el emperador de Austra-Hungría a la elección del cardenal Rampolla. El mundo se congratuló de su elección y renovó su fe en la figura del nuevo papa, que prometía continuidad en los albores del siglo XX, pero  prometiendo trabajo para el engrandecimiento de la obra de su predecesor, el amado papa Pecci.
San Pío X reinó entre 1903 y 1914 y nos ha dejado una ingente cantidad de fotografías en distintos momentos, mostrado su apacible rostro de juveniles rasgos que no delataban su edad, otrosí revestido de cierta inocencia. Lo podemos ver deambulando por los jardines vaticanos, saludando a los guardias suizos, con la cúpula de San Pedro al fondo, oficiando misa en la Capilla Sixtina o posando ataviado con los ropajes propios del sumo sacerdote, coronado incluso con la tiara y que merece nuestra especial atención por ser referencia su labor pastoral que explica su importancia y el merecimiento de la canonización.
El romano pontífice San Pío X es un personaje crucial en la historia de la iglesia Católica moderna. Su gestión se caracterizó por la reforma a la liturgia y la defensa de los valores más identificables del catolicismo contemporáneo. Destaca la unificación emprendida de los esfuerzos impulsores de la fe y de su difusión; así, dotó de nuevos bríos a la tarea catequizadora y evangelizadora que necesitaba su iglesia; es un papa renovador. Consiguió que la difusión de los principios católicos adquiriera criterios uniformes defensores y expansivos de la fe, independientemente de que se propagara el mensaje católico a través de instituciones, órdenes religiosas o educativas y propugnó por enriquecer la  difusión del Catecismo con una pasión renovada y mirando al colectivo, representando todo ello un esfuerzo difusor revestido de un impulso vigoroso y una exaltación del boato católico tan característico (y tantas veces exaltado e imitado por otras confesiones, aunque oficialmente renieguen de él).
Su quehacer reformador abarcó a la música sacra, redimensionándola y actualizándola, mientras ordenaba su composición y utilización, para mover conciencias y auspiciaba una nueva participación de las masas por medio de ella. También enalteció la devoción a María y el estudio y escritura del canto gregoriano.
San Pío X rectificó la liturgia incluyendo la recitación obligada de los psalmos, y reordenó los calendarios temporal y santoral, con el fin de que prevaleciera en el año litúrgico la vida de Cristo como parámetro que marca los tiempos y las fases de la Iglesia, en tanto que introdujo la comunión diaria y la acercó a los infantes. Dio cabida y sentido a la expresión “oír misa y tomar la comunión diaria”.
Para el caso específico mexicano, el sumo pontífice proclamó a la Virgen de Guadalupe como “Celestial Patrona de la América Latina” el 24 de agosto de 1910. Ya en 1904 había elevado a la categoría de basílica menor a la otrora Real  e Insigne Colegiata del Tepeyac.
Cuando murió Pío X en agosto de 1914, el mundo se consternó. Ya corría la Gran Guerra. Su sucesor, Benedicto XV (1914-22), fue un pontífice de breve pero intensa tarea pacificadora clamando sin mucho éxito por el restablecimiento de la paz. Pío X no presenció ya los desastres que acarreó la conflagración, incluyendo la afectación al patrimonio eclesiástico que dejó el conflicto armado. Su pasó por el mundo sería recordado por otras razones.  Así en este centenario que no nos pasa desapercibido.
 
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