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160 años del Himno Nacional PDF Imprimir
Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Lunes, 15 de Septiembre de 2014 01:00

160 años del Himno Nacional  

Por Marcos Marín Amezcua

El 15 de septiembre de 1854 se estrenó en el Teatro Nacional o de Santa Anna, hoy desaparecido, el Himno Nacional. En 2014 se cumplen 160 años de su primera interpretación pública oficial. Y sigue su andadura un poco maltrecho, debiendo asignársele el justo papel que le asiste como patrimonio nacional que es. Hoy injustamente lo cantamos a ritmo cual si se tratara de Las Mañanitas. Algo injusto.
Fue una pieza musical obtenida mediante un concurso por convocatoria gubernamental firmada por Miguel Lerdo de Tejada en noviembre de 1853, para dotar a la Nación de un canto patriótico, que requería por separado el texto y la partitura, alcanzándose hasta 25 composiciones poéticas, más otras tantas musicales. Los triunfadores fueron el compositor potosino Francisco González Bocanegra en la letra y el componedor español Jaime Nunó, de origen catalán por la composición musical, dotándonos de orgullosa identidad.
González Bocanegra era hijo de español, expulso en 1829 como reacción a la invasión a México perpetrada desde Cuba –aún colonia española– afincándose allí Cuba con su familia, retornando en 1837. Y siendo Nunó un español, podemos comprobar que después de todo, España no estuvo tan lejos en la creación de nuestro canto patriótico exaltando a la nación mexicana. La obra nos recuerda por igual el episodio romántico en que la novia encerró al poeta hasta que le entregó un ejemplar en condiciones que su autor murió de tifus a los 37 años, destino muy diferente al de Jaime Nunó que murió a edad muy longeva. Habiéndose reformado en 1942 para que solo se cantaran la primera y la última estrofa, es el himno oficial solo desde 1943 y su actual ley reguladora de su interpretación data del 8 de febrero de 1984 cuyo nombre farragoso debería haberse abreviado en una Ley de los Símbolos Patrios y no como lo es: Ley sobre el escudo, la bandera y el himno nacionales. Pero ya se sabe, estos legisladores que descubren el hilo negro cada vez que alzan la mano para votar lo que les pongan enfrente, sin ejercitar el sentido común.
Por este ordenamiento el himno se canta con cuatro de sus diez estrofas, pero no cambió la composición musical que lo caracterizaba en la insuperable y magnífica grabación de 1968 –firme y vigorosa, de brioso acento– tan conocida por todos al haberse adoptado para abrir y cerrar transmisiones de radio y televisión a inicios de los ochenta. Si habíamos conseguido una interpretación armoniosa y de gran fuerza ¿para que retrocedimos empeñados en una grabación deslucida en cantos de coros de escuela como la prevaleciente desde 2004 que no le imprimen la fuerza requerida antes bien, se la retiran edulcorándola o haciendo insípida a la insigne composición, puesto que su parsimonia actual no lo dota de solemnidad, antes bien se la resta y lo agrede al ocultar su tersura bélica, que no belicista. Y sí, algo tiene el canto patrio que no conseguimos que lo cante correctamente nadie de fama, a quien se le suelte y permita hacerlo. Una vergüenza inexplicable.
Si aceptamos sin complejos que el Himno Nacional provino de tiempos aciagos para la Patria, no debería repararse en la fuerza convocante y bélica que le asiste y en su redacción. Es lo que hay. Pero argumentos timoratos y gazmoños de sustituirlo por uno actual o, peor aún, pidiendo modificar su interpretación musical, adulterando su esencia, consiguieron cambiar su ritmo para satisfacer argumentos pueriles y extraviados, como la memez de señalar que incita a la violencia, todo lo cual resulta indignante. Tanta insolencia desestima su cariz y significado. ¿Incita? ¿es provocador de la guerra?¿dicho por quién? ¿bajo cuáles estudios científicos? Nada más lejos de su esencia.
Un canto glorioso es un canto aguerrido, que de ninguna manera incita a la violencia, antes bien, exalta a la Patria bajo cuyo cielo nacimos. Pero la autoridad atendiendo esos reclamos infundados, lo trastocó para mal, transformándolo en una pieza aburrida, lenta, inexplicablemente cargada de sonsonete y carente de su vigor y brío originales, que le dotaban de majestuosidad y orgullosa significación, so pretexto de delegarlo en coros escolares. Justo desde que se conmemoró el sesquicentenario de su primera ejecución en 2004, declarado Año del Himno Nacional Mexicano, sin que mediara más criterio que considerarlo incitador de la violencia. Una tontería en regla rayando en estupidez, que merece denunciarse porque sin mediar decreto alguno, ha alterado la esencia del canto patrio que debe restituírsele a la brevedad, pues desde entonces se ralentizó, es decir, se hizo lento, cual vals, lo que resulta chocante, decepcionante y agresivo a su naturaleza y origen, ya no digamos a su gloriosa composición y su razón de ser. ¡Restitúyase su fuerza y su poderío perdidos, porque se produjo una perversa mutación, inopinada y perjudicial.
Así, el Himno Nacional Mexicano –un nombre que no tenemos claro si es de verdad el oficial– debe recuperar su acento marcial que podría apelar a la grabación de 1968, fiel a la descripción de 2004 efectuada por Vicente Quirarte, quien auspiciado en una publicación del Archivo General de la Nación, lo dibujó como “fuerte y emotivo, brioso y pendenciero, sentimental e hiperbólico”. Tal no corresponde con lo que escuchamos desde ese año: un himno soso, injusta e inmerecidamente aletargado. Mancilla la intención de su autores, que es sagrada.  En tanto es descrito desde el punto de vista literario como una pieza musical a dos pentagramas, es una poesía formada por estancias (o estancas) es decir, por versos endecasílabos y heptasílabos con rima consonante acompañada de un  coro.
Ahora, desde el punto de vista musical es preciso acercarse a su composición  que ayude a compreder qué fue originalmente. Así, consultamos a ciudadanos relacionados con la música, quienes aportan elementos trascendentales a ser valorados por las autoridades y por la opinión pública, por ser clarificadores de la esencia del canto patrio. Sus valiosas opiniones mueven a identificar lo que nuestro himno debería ser y a cómo interpretarse. 
Doña Lorena Von Pastor, reconocida cantante en el círculo de Bellas Artes e hija de la afamada Guillermina Higareda, revisando una partitura menciona que está escrito en Do Mayor con un compás de 4/4 (cuatro cuartos) y añade “no tiene realentandos ni accelerandos, lo que sí tiene dentro de su cuadratura son algunas frases con leggato, o sea, frases ligadas diferentes al inicio, que son sumamente marciales. Los primeros doce compases son marciales, la medición muy exacta, luego 19 o 20 compases son dentro del tiempo, pero con un carácter más dulce”. Por su parte, don Luis Alfonso García González, concertista del Conservatorio Nacional de Música, advierte que la partitura original del Himno en facsímil, especifica sin ambages que “la pieza cuenta con un tiempo moderado (en 76 d) pero con intensión marcial, es decir bélica, de corte militar, siendo agógica –que se ejecute con fortísimos (ff)– y va cargada de acentos gráficos que le imprimen un carácter intenso (señal frecuente en ediciones para bandas militares) para marcar así contundencia al final de cada frase (añadiríamos por ende, que deben carecer de sonsonete) iniciando su tonalidad en Do Mayor a ritmo marcado con sincopa, oscilando así a un compás binario que permea la obra, distinguiendo el ritmo entre el coro y sus estrofas, que cuentan con inflexiones a Sol terminado en Do Menor”. García González explica que la obra fue escrita a la usanza del siglo XIX, para piano (voz “lied”) y que posteriormente debió orquestarse. Y advierte que no hay una sola interpretación, observándose distintos estilos y ritmos al hacerlo, de forma que denota evolución en su ejecución al paso del tiempo. Su grabación más antigua la resguarda la Fonoteca Nacional y precisa que es intensa en agógica, es decir que va repleta de acentos que lo tornan fortísimo en su interpretación.
Podemos ver entonces, que el Himno actual ha sido adulterado, sin causa justificada, casi de manera imperceptible y soterrada. En consecuencia, somos dignos de una corrección a la partitura del Himno Nacional que recupere su marcialidad, apelando a la tradición y a su mejor interpretación, porque la actual desmerece, en opinión de esta columna. La memoria de nuestros caídos lo amerita, su grandeza y sonoridad lo requieren y apremian y los ciudadanos lo merecemos.
 
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