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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Lunes, 23 de Febrero de 2015 01:00

Monarquías católicas europeas  

Por Marcos Marín Amezcua

Europa era mayoritariamente monárquica a inicios del siglo XX. Para darnos una idea puntual, de 24 países europeos existentes en 1900, Europa solo contaba con tres repúblicas –Francia, Suiza y San Marino– y el resto poseían testas coronadas. A inicios del siglo XXI y tras el trepidante siglo pasado, Europa solo conserva diez soberanos reinantes, en un continente de 50 países, sin contar desde luego, con el Sumo Pontífice, cabeza de una monarquía electiva, y el principado de Andorra, con un gobierno repartido entre el presidente de la República Francesa y el obispo español de Urgel.
Haciendo un repaso y dejando de lado las múltiples causas de la debacle monárquica de la centuria pasada y concentrándonos en esa decena de países que aún conservan sus coronas, ya por tradición, por conveniencia, por vindicar un pasado y una identidad y a una historia que no puede comprenderse sin la permanente figura central de un monarca, podemos entresacar algunas ideas. De entre estos diez países, cinco son católicos. Contamos a dos reinos –Bélgica y España–, dos principados –Liechtenstein y Mónaco y un gran ducado –Luxemburgo, que son países con monarquías reconocidamente católicas, independientemente de que sus constituciones clamen por la libertad de cultos. Los símbolos, tradiciones y su esencia lo son y esto las liga de manera histórica al solio de San Pedro.
Entre 2013 y 2014 hemos visto una renovación notable y casi inesperada en los tronos de este quinteto de países. Paralelo al relevo en el solio pontificio de Benedicto XVI a Francisco, las abdicaciones de los reyes de España y de Bélgica, junto con el nacimiento de los herederos al principado de Mónaco del otrora incasable príncipe Alberto, que ahora reina como Alberto II de Mónaco y la sentida muerte de la reina Fabiola de Bélgica, española de nacimiento y ligada a la casa de Alba, viuda del bien recordado Balduino I, son hechos que han modificado en conjunto y sustancialmente, el rostro monárquico de la vieja Europa.
No ha sido solo una simple renovación de caras, sino una revitalización de maneras y estilos, presencias y significado por sostener la corona. No nos engañemos, en la Europa democrática actual los ciudadanos no son mancillados por la existencia de un rey. Puede cuestionarse si son pasados de moda, si cuestan en demasía o incluso, puede preguntarse si aportan de verdad, pero su existencia no compromete los derechos ciudadanos ni tampoco las más elementales libertades. Sirva saber que el único soberano absoluto y de manera relativa en la Europa de hoy lo es Alberto II de Mónaco. Eso es más pintoresco que otra cosa.
Estos países con monarquías abiertamente declaradas como católicas, con la cauda de tradiciones y reconocimientos que por tal motivo extiende la Santa Sede, guardan tradicionales relaciones con ella desde hace siglos. Sus soberanos, católicos frecuentan Roma y refrendan su lealtad al Santo Padre en protocolos ceñidos a un ceremonial destacable. Recordemos que los papas fueron padrinos de bautizo de muchos herederos, antaño, y siempre extendieron bendiciones y privilegios a los monarcas católicos en siglos pasados. El caso español es paradigmático. Desde el Renacimiento, los reyes de España efectuaron alguna visita a Roma. Juan Carlos I aún tuvo tiempo de pasarse por allí poco antes de abdicar el trono, saludando a Francisco.  
Y es que Roma ha guardado especial afecto a los soberanos católicos. Pueden contarse infinidad de encuentros in situ con ellos y cada país presenta particularidades en la relación jurídica que posee la Iglesia en ellos. Pensemos en el concordato español de 1978, que fija una determinada relación entre ambas potestades. No menos cierto es que decisiones polémicas de carácter legal se ha conflictuado también la relación entre estos países y Roma a lo largo de los siglos. Recordemos la aprobación del aborto, a la que se opuso Balduino I en el caso belga, o cambios a la legislación civil en materia de matrimonio para el caso español, que incomodaron al episcopado español.
Mas por encima de estas diferencias, la relación entre el Papa y aquellos soberanos, en inquebrantable. No se olvide que en la actualidad su poder político es muy relativo en cada uno de sus países, pese a que no esté exento de tironeos políticos. No está demás decirlo: la renovación de las coronas de Bélgica y España, junto con el protagonismos del príncipe de Liechtenstein, preocupado por asuntos internacionales y apelando a la reflexión sobre ellos, suman estilos y procederes renovados que alejan a estas monarquías de una aparente indiferencia por los problemas mundanos y nos recuerdan que también pueden ser semillero de ideas e iniciativas que no son monopolio de nadie.
 
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