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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Lunes, 22 de Junio de 2015 01:00

Alicia en su sesquicentenario

Por Marcos Marín Amezcua


Hoy es su no cumpleaños. Fue el 24 de mayo de 1865 cuando se publicó. Celebraríamos un bonito “no cumpleaños” de este conspicuo cuento en lengua inglesa, extraordinario; acorde con su quintaesencia y evocador de uno de sus pasajes culminantes más reconocibles. Sin detallar las quisicosas de esta obra, nos congrega siglo y medio después de publicada.
PorqueLas aventuras de Alicia en el País de las Maravillascumple en la fecha citada su sesquicentenario de editada, permaneciendo en el gusto y la curiosidad de sus lectores, cosa no de fácil consecución, mereciendo recordarse y celebrarse. Ha eclipsado por mucho el resto de la obra de Lewis Carroll, al ser la más recordada. Su relectura tras de tres décadas me revive sus principales recovecos, episodios y mensajes, enterándome de que fue leída primero en los Estados Unidos de América cuando su primer tiraje, poseyendo cierto defecto, disgustó al ilustrador John Tenniel. Peor fue para los británicos, quienes serían los  segundos en hojearla. Afortunados todos los demás, por ser posible conocerla.
Recuerdo perfectamente bien cómo fui descubriendo los personajes de aquella obra; como me lié con la proverbial expresión enrevesada de su texto y cómo encontré deliciosamente estimulante cada capítulo y cada nueva ilustración nacida del siglo que transcurría al escribirse, que fue el de mayor poderío británico. Fue una obra tan victoriana, pero tan ensimismada en una tierra de fantasía y evocadora en sus ropajes y maneras –salvo de la protagónica– que eran más propios del siglo XVIII, como si fuera el norte inspirador del autor y del ilustrador. Curioso e interesante regusto por el pasado, planteado desde la mente de un par de británicos decimonónicos¿no es cierto? Fue su trama el sueño de una hora. 
La actualidad de esta obra dudosamente solo infantil –si bien los niños fueron sus destinatarios– obedece en mi opinión, a que el personaje y su entorno poseen una originalidad del argumento y el sentido laberíntico de su lenguaje inmejorable, que no le resta similitud alguna con nada que hoy nos sea familiar. Edulcorado el texto por estrambóticos personajes en apariencia locos, disparatados y de distorsionadas formas e intenciones, que hacen temer lo peor, van revestidos de una lógica insalvable y una intencionalidad tales, que los hace sospechosamente reales. Una delicia salpicada de la chabacanería inglesa, los clichés anglosajones, de su mordaz proceder y estereotipadas y afectadas maneras, tocada por su ácida visión del mundo y su escaldada actitud, tan reconocibles y acuciosas,recordándonos que el mundo anglosajón puede regirse por la hipocresía, pero también por la quisquillosa dicacidad tanBritish. Esta novela reúne una mezcla de desdén, incredulidad, desprecio o simpatía prodigadas desde la cima del mundo en un siglo de acelerado cambio, como adhiriéndose a una realidad que se estaba esfumando al paso de la industrialización. De cuna oxoniense… ¿cómo no ser así la pieza literaria, tratándose de una obra parida entre el Támesis y Oxford?
Alicia y su entorno, inspiran. Dan ganas de gritar alguna vez ¡qué le corten la cabeza! al impertinente, tardo, lerdo o tarambana de turno con quien nos tropezamos. Ella no se limita a ser la de Disney –fue buena, aunque revolvió protagonistas de las dos obras referidas a ella–. La recuerdo en tercera dimensión a través de las diminutas viñetas de los disquitos del View-master ¡a todo color! Encantadoras. De la peli de Burton rescato no el insufrible guión, sino la magnífica representación de los personajes, avivados, mayestáticos, locuaces, ¿esquizofrénicos? como entresacados del laborioso y talentoso pincel del referido Tenniel. Calcados perfectamente bien. ¿Sabe usted que Disney llevó a América a una niña británica para que la voz de su Alicia fuera lo más fiel a su origen? Lo que era tener posibles, entonces, en los días de la Posguerra.
A mí esta obra de Carroll me sugiere nuestra muy reclamada constante atención hacia el devenir de las cosas y me motiva a reflexionar de manera precisa, sagaz, diferente, sobre el advenimiento de sus consecuencias, absurdas y descabelladas, retando la ecuanimidad. Pero además ¿nunca ha deseado usted toparse con el escurridizo Conejo Blanco de elegante percha, portando su inmaculado tabardo y su leontina? ¿o vérselas con el pimentado puchero ardiente de la Duquesa o descubrir la socarrona figura del reconocible gato risón de Cheshire? ¿o cruzarse con los naipes pintando las rosas de carmín? Esté atento a cualquiera mano de la baraja, que podría suceder lo impensable, que toda partida depara sorpresas.  
Y va mi agradecimiento a las opiniones alusivas a este libro, que me compartieron amigos de ambas orillas del Atlántico, induciéndonos a regresar al ejemplar en comento. Sin más preámbulo, mi amiga Cristina apunta: Alicia me hacía soñar (y de algún modo compartir) con la aventura, con los desafíos e incertidumbres del desconocimiento, con las zozobras de los pasos dados y los venideros, y la necesidad de comprender mi propia identidad (y mi ‘tamaño’ variable) y la de los otros […] sus juegos de lógica, la idea del tiempo, su valentía, sus decisiones a veces tan poco razonadas pero finalmente acertadas e intuitivamente sentidas, me sacaban de mi propio laberinto. Y me daban esperanza. O miedo. O perplejidad. Tal y como yo me sentía a veces ante determinados acontecimientos incontrolables. Personajes como la reina cruel o el Sombrerero, o incluso la Oruga, tenían su reflejo en adultos reales y conocidos, y me servían para verlos y medirlos desde otra óptica. Me hacía pensar y conocerme.”
Mi amigo Víctor escribió en un ensayo: “Considerando que la imaginación es la habilidad de formar imágenes mentales que ayudan a dar significado a las experiencias y entendimiento del conocimiento…Alice como personaje y la historia manifiestan una serie de imágenes que combinan las diferentes experiencias a las que se somete al personaje principal a través del relato que, a pesar de girar en relación al “nonsense”, va teniendo un sentido y va adquiriendo conocimiento durante el proceso. Hay que señalar que es el conejo quien invita a la imaginación a salir de donde está y el hoyo es la puerta real al mundo de la imaginación”.
Una apreciada ex alumna me ha compartido estas líneas: “Lo que me dejó sin palabras no fue el surrealismo del texto, sino los dibujos absolutamente fantásticos de (la obra de) Carroll y de los que poco se habla. Están estas imágenes fantásticas salidas de una imaginación fuera de serie, absurda y totalmente adelantada o fuera de tiempo, cómo se le quiera ver”.
Con sus 97 traducciones a cuestas, solo me resta reproducir las palabras de Lewis Carroll referidas a su creación, dictadas para la navideña edición de 1896 y recogidas en un tiraje de Editorial Losada, impreso en Buenos Aires: “antes que privar de él a los pequeños, para quienes fue escrito, resuelvo venderlo a un precio equivalente, para mí, a regalarlo”, prefiriéndolo antes que a malbaratarlo o a encarecerlo impidiendo que se vendiera de manera profusa. ¡Felices 150!
 
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