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70 años de la bomba atómica PDF Imprimir
Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Viernes, 11 de Septiembre de 2015 01:00

70 años de la bomba atómica

Por Marcos Marín Amezcua

Decir 6 de agosto de 1945 a las 8:16 de la mañana, no es pronunciar cualquier fecha inscrita en las interminables y azarosas cronologías del mundo ni puede ocultarse en la construcción de los anales que nutren el historial humano. La memoria del Hombre no puede callar esas efemérides ni su réplica del 9 de agosto siguiente. Nuestra respuesta a ellas ha de ser un sonoro y atronador ¡nunca más!
Que el trajín de nuestro tiempo apenas nos deja espacio para detenernos a reflexionar tan aciagos instantes, que mezclan sentimientos encontrados que abarcan desde el estupor y el estremecimiento a la vergüenza, acaso la compasión, la sensación de que hemos llegado demasiado lejos, para mal, y la constatación de que el ser humano es despiadado y lo peor, de que no ha aprendido nada desde tan calamitosos momentos, pese a que el mundo entero debería de haber modificado sus aspiraciones más ruines, sean estas la causa o la consecuencia de otras calamidades.
Las trágicas bombas atómicas lanzadas sobre de Hiroshima y Nagasaki, colofón de la Segunda Guerra Mundial, han sido descritas como necesarias e inevitables. Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Lo más que se concede es que aceleraron el final de una contienda por demás atroz y desgarradora, y no fueron vistas solo como la única y definitiva solución al conflicto que inició de manera tan poquito original, con una invasión, a Polonia en 1939. Pero terminaron siendo su final y el inicio de la era nuclear. Y nos causan estupefacción per se y porque generan una repulsión. Pienso que así lo consiguen porque nuestra sensatez debe ser mayor que nuestra belicosidad, como para aplaudir semejantes medidas y desde luego, porque asumirlo así conlleva la condena al uso de armas de destrucción masiva, su posible generación y se suma nuestro terror fundado a sus desastrosas consecuencias de muy largo alcance, de las que nadie quedaría exento si aquello se repitiera de nuevo, ahora con el poderío que se carga semejante armamento.
70 años transcurrieron desde aquellos fatídicos trancesque alargaban el combate mundial en el verano del 45 en el Pacífico, ante un Imperio japonés imbatible, y cuando ya había cesado la conflagración en Europa, en mayo anterior.
Si bien se afirma que fue Churchill quien en algún momento esgrimió temores sobre los efectos de una posible detonación atómica (por fisión) –de producirse en la cercana Alemania (cuando los efectos reales no eran conocidos del todo)– y que ello inclinó la decisión de enviar la bomba a Japón (hecho que ha servido para denunciar además, un posible racismo); cierto resulta ser que el revisionismo apunta a que la declaración de guerra soviética a Japón del 8 de agosto (cuyo armisticio está vigente sin haberse concluido) con el consiguiente avance sobre Manchuria, fue la causa real de la rendición incondicional de Japón, más que la segunda bomba arrojada sobre Nagasaki el 9 de agosto. Se rindió el día 14 siguiente, con la férrea oposición de la casta militar nipona, que aún después del 6 de agosto no entendió de inmediato lo que estaba pasando por el hito de semejante artefacto. 
Japón hoy clama por la paz y la no utilización de armas de destrucción masiva. Es hasta ahora el único país que ha sufrido semejante flagelo y aboga para que no se repita. La carrera armamentista característica de la Guerra Fría ha dejado como secuelas el esparcimiento de las bombas ahora consideradas nucleares, en algo más que un simple puñado de países, incapaces de retener los secretos de su fabricación y tibios en evitar su expansión, con el peligro que supone ello caer en manos todavía más equivocadas. Porque un día de estos podrían caer en las incorrectas y entonces….
Y ¿qué ha quedado de todo aquello? Pregunté a mi amiga Luz de León, que ha hecho su vida en Japón, acerca de si el idioma japonés hoy registra frases alusivas a esteacaecimiento,y me respondió: “Después de preguntar a mi esposo e hijos la frase que dicen y que se relaciona con la guerra, es la siguiente: Ayamachi wa kurikai sanai (No repitamos el mismo error). La mayoría de los japoneses piensan que la bomba atómica fue su culpa, lo ven como una consecuencia lógica de sus acciones. Siempre cuando discuten sobre el tema lo analizan como un error propio. Esto es muy típico de los japoneses, no echar la culpa a otros, asumirla y tratar de no repetir el error. Otras frases que podrían ser: Heiwa no inori (Hay que orar por La Paz),Heiwa no nerai (Trabajemos por La Paz),Nihon no ichiban nagai hi (El día más largo de Japón) […]”. 
Sesudos estudios nos explican lo qué sucedería si hoy se detonaran esas bombas. Pero nadie quiere enterarse, no obstante que pesa más la perversidad de proseguir con su fabricación a hurtadillas, mientras se firman tratados con pingües deseos de cumplirlos, obsequiándonos situaciones tan penosas como la del presidente estadounidense limosneando cual pedigüeño que se lo aprueben mezquinos congresistas, al tiempo que nos preguntamos cuántos países más encaminan sus desvelos a obtener similares armas mortíferas. No parece que hayamos aprendido mucho, después de todo, lo que debería de avergonzarnos y movernos a actuar. Lo de Irán es un recordatorio de que la amenaza es real. 
Estos días en distintas televisoras se han mostrado imágenes y testimonios sobre lo ocurrido hace siete décadas. Parece todo tan lejano, pero en realidad, el deseo del hombre por aniquilarse allí queda, está vivo, se manifiesta a la de sin susto cuando uno menos se lo espera. Arrojadas en un contexto histórico determinado, aquellas bombas atómicas debe reconocerse que fueron terribles.
Hiroshima y Nagasaki son un tristísimo binomio. Hoy pongo el acento no en los detalles del lanzamiento de aquellos obuses ni solo en sus miserables consecuencias, padecidas por sus supervivientes hasta hoy. Clamo porque al reflexionar en torno a lo sucedido, comprendamos que la Humanidad puede destruirse por su afán de exterminarse y por la inicua decisión del loco de turno. Tanto monta su origen o pasaporte, locos al fin y al cabo. ¡Qué nunca más suceda! Nunca más. Jamás.
 
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