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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Jueves, 24 de Septiembre de 2015 01:00

Posguerra: 70 años

Por Marcos Marín Amezcua

Este 2 de septiembre de 2015 se han cumplido siete décadas del final de la Segunda Guerra Mundial. Y no es casualidad que China haya sido la gran protagonista al marchar con un desfile militar de proporciones descomunales, ya que esa victoria también le fue propia, puesto que contribuyó a ella haciendo su parte. Y porque hoy pinta para ser segunda potencia que no desaprovecha toda oportunidad de recordarnos que quiere ser la primera. Aun con abolladuras en su moneda.
La peor guerra de la historia humana cesó hace setenta años apenas, cuando Japón firmó la redición incondicional que no deseaba, prefiriéndola ante los estadounidenses que ante los soviéticos. Setenta años de aquellos momentos que concedieron un respiro a los contemporáneos, quienes aún no sabían del todo el recuento de los aparatosos daños, que los hemos ido conociendo al detalle con el paso del tiempo, sin que todavía hallamos terminado de hacer el recuento.
Pertenezco a una generación que hoyó hablar de la Segunda Guerra Mundial como un acontecimiento histórico aún reciente, sucedido apenas unos treinta años antes. Siempre me pareció que se hablaba de algo mucho más lejano, sin serlo del todo. Quizás por tratarse de México o porque el mundo cambio mucho, y siguió su curso. A veces ponemos el acento más en admirarnos de cuánto cambió el mundo tras la Primera Guerra Mundial, pero lo hizo de igual manera tras la siguiente. Nos parece irreconocible ya el mundo de los años cincuenta respecto a la década anterior. Se había transformado ya de forma acelerada y ese proceso se atribuye a la dinámica de la posguerra. Lo que no puedo precisar es si quienes vivieron esa etapa eran tan conscientes de ese cambio.
Por otra parte, y eso sí que lo recuerdo, muchas veces se decía que tal o cual cosa no sucedió antes, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Un conflicto llamado a secas por sus coevos: guerra mundial, que debemos recordar que no fue llamado sino solo como guerra mundial durante su desarrollo y que casi de manera inadvertida fue tildándose de ser el segundo de tales guerras, solo con el paso del tiempo. Fuera de España, hablar de “la guerra” significaba la Segunda Guerra Mundial y no otra cosa, incluso décadas después.
Estos setenta años nos recuerdan además, varios asuntos desatados al finalizar aquella contienda, la más destructiva de la historia de la Humanidad. Empecemos por decir que marcan un aniversario redondo del final de la supremacía europea que había prevalecido por 5 centurias. Europa esta vez perdió y fue desplazada y su mando universal finiquitado a pasos acelerados en los siguientes lustros. Se tornó evanescente el recuerdo de la poderosa Europa, entregada a su reconstrucción, perdiendo en ello dos generaciones, la que vivió la guerra y la que debió reconstruir al poderoso continente destrozado y moralmente quebrantado.
Suponen estos setenta años y en la misma tesitura, el desmantelamiento de los imperios coloniales europeos, con la lenta mutación de los valores de dominio y preponderancia de la raza blanca y de su cultura monóloga, mientras se afianzaban otros polos culturales extraeuropeos, junto con el ascenso de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, abriendo el episodio de la Guerra Fría.
Conmemoramos a partir de 1945, la denuncia del Holocausto y la legitimación del estado de Israel, el juicio al nacismo y la fundación de la Organización de las  Naciones Unidas, con su cauda de organismos integrados y de cooperación regionales, apostando a confeccionar una agenda mundial que reclama temas tan diversos como la mujer, la descolonización, la revaloración de la cultura y la alimentación, entre muchos otros, para no cometer el error de la Sociedad de las Naciones que apelaba solo a conseguir utópica, la paz –dicho así, en abstracto– con una mirada muy estrecha de los problemas mundiales, tal y como fue su gestión que acabó en fracaso. La ONU era una nueva oportunidad y ahí sigue.
Son siete décadas que mueven a la reflexión. Cada episodio de los enunciados en el párrafo anterior, supone un capítulo muy particular del devenir de la Humanidad y que nos reclama preguntarnos si hemos aprendido de la Historia.
Desde luego y ya lo refería semanas atrás en esta su columna, amigo lector en ambos hemisferios, que estos setenta años marcan el inicio de la era nuclear. Cuando se han revelado cifras que enumeran 15,850 cabezas nucleares, cual si tuviéramos a nuestra disposición a 15,850 planetas Tierra para probar su mortífera eficacia, solo nos resta apelar al buen juicio de los hombres y a su capacidad de reflexión y de contención mental para que un día de estos, el menos pensado, no hagan una barbaridad con aquellas. Lo demás pende de un hilo.
Siete décadas después, el mundo se ha acostumbrado a que la cultura y la capacidad de decidir ya no corren solo por cuenta de Occidente. Ni solo va de Occidente a Oriente. Al contrario, la cuenca del Atlántico perdió su vigor cinco veces centenario y es hoy la cuenca del Pacífico la que lidera indiscutiblemente la economía y el comercio mundiales. Con sus asegunes, sus crisis, sus devaluaciones yuanescas, pero allí está, recodándonos que Europa queda a la saga y con nuevos desafíos, porque también conmemoramos el septuagésimo aniversario de que tocó fondo y emprendió la ingente tarea de mirarse a sí misma, a reconstruirse, a colaborar para un futuro espacio común europeo y en la construcción de una idea europea, con sus más y con sus menos.
Setenta años pueden parecer pocos, pero en verdad que en este caso sí que son demasiados. El mismo periodo es tan intenso en sucesos, que no se parece en mucho a aquellos aciagos días del final de la Segunda Guerra Mundial.
Siempre quedará el recuerdo y las posibles lecciones aprendidas. Las que entresacamos, no las que suponemos que pertenecen a cada episodio transcurrido, que suelen suceder sin pensar en dar tales lecciones. El septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial es una invitación estupenda para concentrarnos en aquella época y para revalorar lo que somos a partir de ella.
 
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