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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Viernes, 25 de Septiembre de 2015 01:00

México. 30 años de los terremotos del 85

Por Marcos Marín Amezcua

Fue fatídica aquella espeluznante y trágica mañana del jueves 19 de septiembre de 1985, a las 07:19 hora del centro de México. Un terremoto de magnitud 8.1 en la escala de Richter y de VI a VIII en la de Mercalli, una mezcla de trepidatorio y oscilatorio, asoló el centro del país, golpeando su zona más productiva, dejando la capital muy afectada por el derrumbe y estropicio de infinidad de inmuebles con su torrente de muertos, que colapsaron la vida capitalina de golpe y porrazo y que postraron la vida nacional ipso facto. Los incontables cadáveres fueron su peor balance y fue el macabro recuerdo, la peor herencia. En medio, los damnificados, los desaparecidos, el estropicio inmobiliario y el cuasicolapso de la economía nacional, aderezaban este brebaje de dolor y ruina que llegó de pronto. 
Un segundo terremoto la noche del 20 de septiembre, tras infinidad de réplicas, remató edificios tocados y severamente dañados en su estructura el día anterior y acabó de propinar el latigazo definitivo a la Ciudad de México, incrementando el número de los fallecidos, que perdieron sus últimas esperanzas de sobrevivir, al desplomarse las ya endebles estructuras que había sobre sus cabezas, atrapándolos para siempre, o matando a voluntarios en las tareas de rescate, al ser aplastados por los debilitados y vulnerables  restos en que hurgaban atendiendo sus gritos, intentando liberar de su mortífera prisión a sobrevivientes.
30 años después nos queda la remembranza, la tristeza, el coraje ante autoridades rebasadas e indolentes y la dura lección. Y no nos gusta decir la palabra “terremoto”, aunque los vivamos y seamos un país sísmico. Tres décadas después se calcula de manera conservadora que los muertos ascendieron a unos 20 mil (contra 500 contados entonces de forma oficial) y los daños materiales son incuantificables. Yo no sentí el primer terremoto, sí sentí el segundo la noche del día siguiente. Lo recuerdo desde luego, muy intenso. No perdí ni familiares ni amigos y ninguno perdió su trabajo ni su patrimonio. Fui afortunado. 
Recuerdo muy nítida la imagen espeluznante en portada de un diario ya desaparecido al que estaba suscrito mi padre, en su edición de aquel viernes 20: una perspectiva de la avenida Juárez, otrora nuestra Quinta Avenida a lo Nueva York, irreconocible, con sus emblemáticos edificios derribados, en cuya caída los escombros arrastraron al suelo los gallardetes de las Fiestas Patrias, apenas celebradas 3 días antes. Abajo del cascajo asomaba el escudo nacional de aquellos adornos y al fondo la humareda intermitente de una ciudad destruida, agónica. El escudo nacional quedó en el suelo. Eso era México aquel mes de septiembre de 1985. Y lo que a este país le ha costado levantarse una y otra vez. 
Las imágenes de una ciudad abatida, postrada, pero con sus ciudadanos colaborando con sus  propias manos para remover escombros y edificaciones reblandecidas, para rescatar así a los pocos sobrevivientes debajo de tales, nos asemejan las imágenes que vemos de Beirut o Afganistán en 2015. Así fue la magnitud de aquella desgracia, cuando la Ciudad de México parecía una ciudad bombardeada, lacerada por la naturaleza y desde luego, con la enorme carga de responsabilidad de quienes permitieron obras inadecuadas en espacios no recomendables y sí, en condiciones muy precarias y con autoridades extraviadas. 
Los terremotos de 1985 son una durísima lección que permanece indeleble en la memoria de quienes los vivimos. Hoy se considera que desataron la organización ciudadana que redundó en movimientos políticos que clamaron por un cambio social. No es óbice reconocerlo para recuperar los testimonios de esa catástrofe personal y nacional. Prueba terrible que colocó al país en una situación desesperada, conflictiva, frente a compromisos internacionales ineludibles como lo fueron el pago del deuda externa o el mundial de fútbol que se efectuaría 8 meses y medio después, y cuando que en septiembre de 1985 solo cabía la desesperanza y la frustración ante semejante maremágnum.
Preguntando por vivencias que se agolpan y emiten un eco doloroso desde el pasado, obtuve que Carla, estudiante, me contara que a sus hermanos tocó ver el rascacielos de Pemex meciéndose de lado a lado y que, afortunados al poderse transportar de regreso a su casa, vieron múltiples derrumbes y a mucha gente llorando y desesperada por encontrar a sus familiares. Mauricio, entonces estudiante, me dijo que muchos de sus compañeros no regresaron. Fueron a buscar a uno al barrio de Tepito diciendo que “él y todos los de su familia estaban vivos”. Gonzalo, agente financiero, me contó: “me tocó ver cómo sacaban a los muertos y heridos, en tanto nosotros trabajamos dentro de una sucursal bancaria dañada, retirando los fondos” (como tuvo que hacerse en muchas más en iguales condiciones)”. Y añadió: “la solidaridad que se vivió en esos días fue mayúscula”. Fue voluntario en el Hospital Juárez, resultándole impresionante “ver como las construcciones cayeron piso por piso como pisos de un sándwich, pero más lo fue ver cómo para recuperar cuerpos, prácticamente los mutilaban para sacarlos de los escombros. Eso lo viví y es una experiencia que me llevaré a la tumba”.
Mi amiga Ana María describe aquello como una de las etapas más tristes de su vida y recuerda el pavor que sintió. Apuntó: “A unas niñas compañeras del colegio de mis hijas, las acababa de recoger el autobús escolar. Empezó a temblar y se vino abajo el edificio donde vivían ellas y casi toda su familia, libaneses, muriendo todos.”Alicia, otra amiga, recuerda que el sismo “se encargó de que perdiéramos el único patrimonio que teníamos en ese momento (su apartamento). El edificio con sus tres torres de cuatro niveles, en el primer temblor se hundió hasta el tercer nivel, quedando familias completas enterradas y con el segundo, se terminó por demoler”. Y destaca el éxodo de capitalinos que regresaron sus lugares de origen. Y Erick, internacionalista, residiendo en el exterior al haberse trasladado su padre, destacó que allá los medios “decían que la Ciudad de México había desaparecido por causa de un enorme terremoto". Incomunicados, su abuelo materno consiguió un viejo transmisor de radio amateur y por fin pudo enviar un mensaje a su yerno: "avisar Capitán Caballero: todos bien. Atte. General De la Fuente.”
Tres décadas después cabe la pregunta elemental: ¿ya estamos mejor reparados para afrontar un terremoto de un alcance similar al que vivimos en 1985? es verdad que nuestra cultura sísmica ha evolucionado y somos conscientes del peligro. Se dijo entonces que antes de finalizar el siglo habría otro cataclismo. No se produjo. Si no aprendemos a reconocer que a veces presenciamos terremotos y no sismos ni movimientos telúricos, no diagnosticaremos el peligro y solo comprometeremos nuestra cultura preventiva, no dimensionando su importancia. Como sea, los recién nacidos rescatados de aquel terremoto, aún viven y son la muestra palmaria e imperecedera del deseo de este país a no dejarse doblegar. Ahora estarán cumpliendo sus 30 años. Admirable. Qué suertudos fueron.
 
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