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Marcos Marin
Escrito por anuncia1   
Viernes, 12 de Febrero de 2016 01:00

Los viajes papales a México

Por Marcos Marín Amezcua

En los últimos siglos los pontíficies romanos rara vez abandonaron Roma, su residencia oficial. En las centurias recientes, el Papa residía en el palacio de El Quirinal –de dimensiones portentosas acordes a su majestuosa dignidad de cabeza de la Iglesia y como Patriarca de Occidente– y al Vaticano solo acudía para presidir las ceremonias religiosas de gran envergadura. Roma era la capital de los llamados Estados Pontificios, que abarcaban el centro de la península italiana.
Raros fueron los desplazamientos de los romanos pontífices, aun por la península itálica. Roma era el referente universal y salvo el exilio de Aviñón que duró casi un siglo, los papas hicieron de aquella urbe junto al Tíber su residencia obligada. A lo más sucedían los traslados de rigor a Castelgandolfo en sus veraneos, lo que era la excepción que confirmaba la regla. A Roma se peregrinaba incluso, para ver a la augusta persona, con lo cual el jerarca pontificio no requería desplazarse. La Revolución Francesa trastocó brevemente la permanencia del papa en Roma y le hizo perder Aviñón a favor de Francia.
Napoleón y la vorágine que arrastró y derrivó a Pío VI, que murió exiliado, marcó un antes y un después en la permanencia de los romanos pontíficies en la Ciudad Eterna.   Al reponerse el papado tras las Guerras napoléonicas y la Convención de Viena restableciendo el Antiguo Régimen, devolviéndole su paz al papado, quedaron atrás momentos amargos como el plasmado en el afamado cuadro de Napoleón coronando a Josefina y en que luce desencajado Pío VII, arrastrado a París solo para contemplar la escena y no para imponer la corona imperial al corso. Una humillación que quedó grabada en la diplomacia pontificia.
Ya en el siglo XIX los papas recorrían los Estados Pontificios, pues los transportes lo facilitaron; pero no iban más allá. Las revoluciones de 1848 pusieron en peligro a Pío IX, quien huyó temporalmente de Roma. En ese entonces México ofreció acogerlo de forma permanente para calmar sus cuitas. Fue acaso la primera aproximación de atraer al papa a México.
Cuando Garibaldi conquistó Roma en 1870, como parte del proceso unificador italiano, arrebatándole al Papa los Estados Pontificios y la propia capital del Tíber, el Vicario de Cristo en respuesta se declaró “prisionero del Vaticano” y ello dificultó sus andares por Italia e hizo más que impensables los viajes por el mundo, perdiendo sus tierras, Roma misma, El Quirinal, y tras Pío Nono fueron sus sucesores, León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI quienes refrendaron tal condición de ser cautivos de las murallas vaticanas. La normalización de las relaciones diplomáticas con Italia tranquilizaron las cosas, tras los Tratados de Letrán de 1929, previo el reconocimiento del Estado de la Ciudad del Vaticano. Pero Roma siguió siendo más punto de llegada que de partida. Ver al papa in situ era lo normal y no que el papa fuera visto en otros sitios ajenos a Roma.
Pío XII y Juan XXIII viajaron esporádicamente por Italia. Mas fue Pablo VI el primer pontífice reconocido como el “papa viajero”. Emprendió viajes en pos de la paz y al tenor del Concilio Vaticano II: Jerusalén, Colombia, Nueva York, India…el papa Montini hizo del viaje papal un peregrinaje. Desde luego que los medios ya lo permitían, facilitándolo.
El viaje a México de 1979 estaba planeado para Pablo VI. Había confirmado reunirse con la Conferencia Episcopal Latinoamericana a congregarse en Puebla de los Ángeles. Su enfermedad y muerte en el verano del 78 y la efimera presencia de Juan Pablo I, impidieron concretarlo. Juan Pablo II vio hipetecada su anuencia a visitar el país americano, accediendo a ello. Una ruta que pasaría por Repquye recocneor que eso fue posihle gracoas la talate de Juan pablo II.  que robustecieron al presia de Roma, de la Igleia y acerública Dominicana y Bahamas, supuso un hito. Marcó el pontificado del polaco de una manera tal, que ya no pudo sustraerse de emprender viajes que robustecieron la presencia de Roma, de la Iglesia y acercaron quiérase que no, a la figura papal a los pueblos del mundo.
Hay que reconocer que eso fue posible gracias al talante de Juan Pablo II, desafiante de la Curia, que no siempre avalaba tales desplazamientos. En una audaz campaña de acercamiento diplomático, su pontificado pasó de contar con relaciones diplomáticas con 67 estados a tenerlas con 188. Una tarea que aún enfrentó escollos como lo fueron China y Rusia, pero que explica también en parte el acercamiento a México.
Si en el viaje a México de 1979 el Papa visitó la capital, Puebla, Guadalajara, Monterrey y Oaxaca, con una entrega de los fieles como nunca se repitió, tardó 11 años en regresar a México, en 1990. Un viaje mucho más amplio que recorrió el país de norte a sur. Pronto hizo una visita relámpago a Izamal, en Yucatán. Un espacio mágico inmerso en el mundo Maya. Fue breve aquella visita del 93, pero ya fue efectuada con una categoría de visita de estado, pues ambos Estados, el mexicano y el vaticano, habían reanudado relaciones diplomáticas en 1992.
La visita de 1999 fue apoteósica, aunque limitada atendiendo a la avanzada edad del pontífice, a la Ciudad de México, incluyendo la infaltable visita a la Basílica de Guadalupe y llenó un Estadio Azteca de una manera verdaderamente descomunal. La energía recibida fue tan grande que sus colaboradores dieron constancia de ello. En aquella visita el Papa declaró a Guadalupe, como emperatriz de las Américas. El viaje de 2002 supondría una suerte de despedida, concretando el papa la tarea exaltadora de la Virgen de Guadalupe al canonizar a Juan Diego.
Si los viajes papales redituaron a la Iglesia una presencia y una visibilidad, propiciaron además una formidable y copiosa asistencia de jefes de Estado a los funerales de Juan Pablo II en 2005. El advenimiento de Benedicto XVI supuso mantener la práctica, si bien de una manera mucho más reducida y particularmente dirigida a Europa.
Con Benedicto XVI se retrasó una visita a México. Al producirse en 2012, fue muy limitada, pero asaz eficaz y verdaderamente intensa. La lejanía que se sentía con Roma, entre grupos católicos, se salvó. También se notó una cercanía del Papa a los fieles. Al final, se concretó una visita al estado de Guanajuato, tierra de conservadoras formas y tradición apegada al origen de la Guerra Cristera. El acogimiento fue magnífico, el pontífice quedó gratamente halagado y los fieles se pronunciaron con el calor de la tierra que acogía al Vicario de Cristo.
La séptima visita de un papa a México, entusiasma y enaltece la figura del romano pontífice, la expectación existe y la idea de su manifestación se presenta como oportunidad de refrendar el apego y lealtad a Roma. Los mexicanos creyentes asumen el momento y el Papa también. Francisco promete un viaje que no deje indiferente a nadie.
 
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