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Mauricio Melgar Alvarez
Viernes, 27 de Julio de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
La amistad

   A Javier de Haro y los amigos del CLU

 
Fue a la mitad de la primaria cuando comenzó a entender que él era diferente. Sus compañeros de salón se reían y le ponían sobrenombres. Las niñas lo miraban expresiones de miedo o repulsión. Sus maestros lo reprendían por su lentitud y su mala caligrafía. A todos les sorprendía la facilidad con que llegaba al llanto, pensaban que reprenderlo con dureza era un modo de tratarlo como a cualquiera, de integrarlo. Su familia ignoraba todo esto porque él raramente hablaba de lo que ocurría en la escuela.
La secundaria fue aún más dura porque asistía a un plantel muy pequeño y exclusivo para varones; para entonces las agresiones ya no provenían únicamente de su grupo, era el hazmerreír de la mayoría de los alumnos. Extrañamente los profesores seguían pensando que la mejor manera de incluirlo en la dinámica escolar eran la dureza y las reprimendas: “No hay que hacer diferencias, aquí no te vamos a consentir como en tu casa”.
Aunque las cirugías, los tratamientos y las sesiones de fisioterapia eran molestos y dolorosos, le parecían más soportables que el año escolar. Los fines de semana y los periodos vacacionales eran momentos en los que se sentía vivo. Quizá porque habían crecido con él, con sus bastones y sus aparatos ortopédicos, lo miraban diferente.
El sábado era el mejor día, iban todos juntos a la catequesis. Él disfrutaba mucho de sus clases de Historia Sagrada, los hermanos Maristas eran muy diferentes a sus maestros de escuela, con ellos podía participar sin miedo a ser ridiculizado. Ellos nunca decían: “no entiendo tu letra”, la leían sin dificultad y tampoco le exigían de más porque él ya estaba integrado a ese grupo, allí todos eran sus amigos.
Con sus amigos de la cuadra era feliz; siempre había un lugar a dónde ir y podía contar con un hombro para apoyarse. “No importa, vente con nosotros, te ayudamos a subir y si te caes, nos caemos todos”. La frase de Rafa, el seminarista veracruzano y el hombro de el Mochis quienes lo ayudaban a sortear las lajas de la primitiva escalera que descendía hasta su ansiado destino, lo habían remitido a esos agridulces recuerdos de la infancia, que creía enterrados en la memoria.
Aquella mañana había sentido una emoción muy particular mientras iba serpenteando por el camino de tierra con aquel grupo de amigos en la parte trasera de la camioneta perteneciente a la cooperativa de lugareños que resguarda el Sótano de las Golondrinas. El fresco declive de la noche y los últimos rayos de la luna, le traían la certeza de que en esta aventura, su amistad se haría más grande.
Los primeros tramos escalera no habían sido tan difíciles. Aunque sentía que las cirugías de los tobillos y sus frágiles rodillas no iban a resistir, en el fondo se alegraba de que ellos no hubieran consentido en su deseo de quedarse en la camioneta a esperar el regreso del grupo: “No te vas a quedar, ya llegamos hasta acá y, aunque sea rodando, vamos a bajar juntos”. Las piernas le dolían y sus músculos temblaban pero, a cada paso, se maravillaba con el paisaje y disfrutaba el frescor de la mañana. Sabía que no estaba solo.

También María iba con ellos, una simpática queretana estudiante de psicología que había querido acompañarlos en la aventura del descenso y los alegraba con sus bromas. El problema es que él había estado a dieta para bajar unos kilos, disminuir el esfuerzo al caminar y mejorar su condición física. Por haber adelgazado, sentía que con cada paso, al bajar un escalón, bajaban también sus pantalones. “Pérate Rafa, si seguimos si no paramos, voy a darle un triste espectáculo a María”. Rafa, como buen jarocho, no perdía la oportunidad para bromear al respecto: “Espero que no vaya a gritar o a llorar, puede espantar a la fauna local y los comuneros nos van a corretear, yo ahí te dejo ¿Eh?”. Los cuatro reían aunque María no entendía bien por qué.
Delante de ellos iba una niñita que era lugareña y se había ofrecido a guiarlos con una lámpara. Ellos, al fin citadinos, se admiraban de la agilidad y la seguridad con que la pequeña saltaba entre las piedras que servían de escalinata. “Aquí los voy esperando, no se preocupen”, decía con una sonrisa tierna; a ella tampoco parecía importarle mucho su forma de andar o sus bastones. Él saltó al pasado, a los terrenos de la memoria y recordó entonces a Claudia, su compañera de asiento en la primaria y única amiga en ese lugar.
Cuando volvió al presente, observó la cara de sus amigos; ambos se veían agitados y sudaban un poco pero en el ambiente había un ánimo muy particular: una alegría que nadie les podría quitar. Al principio, sintió pena porque ellos se hubieran tenido que apartar del resto del grupo para ayudarlo pero ahora se daba cuenta de que en torno a ellos había una presencia muy especial que se manifestaba tanto en la belleza del paisaje como en sus corazones.
Ya no muy lejos se veía el primer mirador. Él pensaba que al fin podría descansar. Mientras se acercaban a la plataforma de madera, podía escuchar el alegre parloteo del resto del grupo. Ya los visitaba del sol nacido de lo alto; algunos vencejos y guacamayas de plumaje esmeralda salían de la caverna, como flechas que se perdían entre las nubes. Al llegar al primer mirador, los demás del grupo vieron llegar a estos peregrinos exhaustos y los recibieron con un aplauso. Ellos estaban lejos todavía. Para llegar al siguiente mirador, ya no había escaleras, sólo una pendiente lodosa y un grupo de piedras enormes que parecían infranqueables. Sus rodillas ya no daban para más, los tobillos dolían como pocas veces y el aliento se entrecortaba empujado por los sobresaltos del corazón. Sus dos compañeros de andar lo animaban a seguir. Al llegar al borde del primer mirador, un lugareño les ofreció asegurarlos, uno a uno, con una cuerda para que pudieran asomarse al interior del sótano. Tras atarse a un sistema de poleas cada uno pudo disfrutar, por turnos, del maravilloso espectáculo y la sensación de vértigo al mirar ese interminable boquete natural en la roca.
Los amigos que habían aplaudido su esfuerzo, seguían animándolos para cruzar el último trecho. Cuando lo hicieron, Rafa, María, El Mochis y quien escribe, con todo y sus bastones, recibieron muchos abrazos fraternos. El grupo decidió hacer una oración vocal para agradecer el don de la amistad, la compañía y el amanecer juntos en un sitio que remite inequívocamente al Misterio:
“…Porque el Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses: tiene en su mano las simas de la tierra, son suyas las cumbres de los montes. Suyo es el mar, porque él lo hizo, la tierra firme que modelaron sus manos”. El canto de los asombrados peregrinos fue interrumpido por el ruido del viento cortado por cientos de miles de vencejos y loros que salían de lo profundo del Sótano de las golondrinas, en Aquismón, San Luis Potosí.
 
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