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El encuentro: fin de la entropía PDF Imprimir
Mauricio Melgar Alvarez
Lunes, 06 de Agosto de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
El encuentro: fin de la entropía

   A Brissia, con amor sincero…
 
«No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida […].
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado».
(Miguel Hernández).

 
Besé tu mejilla para despedirme, como cada vez que nos veíamos, recuerdo que aquella ocasión quise prolongar intencionalmente la duración del abrazo para contemplar la cercanía física de nuestros corazones. Confieso que el alma se me nublaba cada vez que te disponías a estacionar el coche para que yo bajara. Sin embargo, siempre quedaba la esperanza del próximo encuentro; aquella noche decidí abordar un taxi porque ya era tarde y estábamos lejos de mis rumbos. La charla que tuvimos, tras la cena de despedida de nuestro amigo, se había prolongado, como era costumbre, en los asientos delanteros de tu auto gris. No tenía idea de que aquel beso sería el último; tampoco pasó por mi mente que ya no te abrazaría más —de saberlo, no habría querido soltarte—. Quién habría dicho que nuestro adiós de entonces, sería más definitivo que el del amigo que se va a Novosibirsk para estudiar y ejercer el ministerio sacerdotal en aquella tierra de misión.
Recuerdo que, como cada vez que nos veíamos, esperé para contemplar cómo te alejabas entre el tránsito. El camino de regreso a casa, después de estar contigo, era siempre agridulce: experimentaba una dolorosa sensación porque siempre había un montón de palabras que se me quedaban en el pecho y en la boca sin decir… Me dolía no encontrar nunca el momento y la frase justa para hacerte saber lo importante que era tu presencia en mi vida pero a la vez, disfrutaba orar por los dos con el corazón en los labios y compartir ese secreto con Dios, rogándole que Él te lo dijera; yo sólo quería que tu corazón lo supiera siempre, siempre.
Inmensamente feliz, recuerdo otro de nuestros encuentros más recientes: habíamos ido juntos a la Facultad de Ciencias Políticas, me acompañaste a la presentación de El sentido religioso, pues me habían pedido que sirviera como maestro de ceremonias. Los amigos proponían una cena improvisada, tú quisiste que nos quedáramos solos. Al principio, pensé que algo andaba mal pero luego me alegró mucho tu plan: quedarnos tirados en un prado de la facultad, mirando al cielo nocturno de Ciudad Universitaria, bebiendo una Coca-cola de lata y hablando de nuestra amistad.
Suspiraba yo sin que te dieras cuenta. Pensaba: “Sería bueno quedarnos aquí” pero no lo dije porque no quería romper el silencio momentáneo que era signo de Su Santa Presencia entre nosotros.
Solíamos hablar de los momentos que compartimos a lo largo de estos años de amistad, una amistad que hoy, por voluntad y gracia divina, se ha vuelto eterna. ¡Ay Mauricio, contigo me pasa cada cosa! Los dos reímos mucho, hicimos memoria de muchas experiencias en común y disfrutamos de nuestra amistad. El dolor de tu partida se entremezcla con la certeza y el gozo del futuro encuentro en Cielo donde estás. Tras ese día ya no habrá más nostalgia porque no habrá despedidas.
Sé que quizá no te agradaría mucho que hable de ti, que comparta con otros nuestra amistad; te pido perdón y espero que comprendas que me consuelo por tu ausencia al recordarte. Hace poco aprendí que “vivir es hacer memoria de Cristo, de nuestro encuentro personal con Él y sin duda, tu amistad siempre fue y será un referente de ese encuentro. De algún modo, tú siempre fuiste mediadora de Su Presencia en mi camino.
Imagino que recordarás aquella ocasión donde yo enfrentaba un dolor semejante al que me embarga con tu partida: La muerte de mi hermano. He olvidado si fue tu propuesta o la mía pero tengo presente que yo estaba en la oficina y fuiste mi cómplice para irnos de “pinta”; sin duda, te preocupaba mi falta de fe y de amor por la vida. Yo quería morir y tú, como siempre, me hiciste mirar la belleza de la vida.
Apenas era media mañana y llegaste a recogerme, yo no sabía cuál era tu plan pero había aceptado escabullirme porque me alegraba estar contigo; ten por seguro que habría ido al fin del mundo a tu lado. Me extrañó que nos detuviéramos en una tiendita para comprar dos “Pepsis”, ya luego, me daría cuenta del porqué. Estaba intrigado pero feliz, habías logrado sacarme del bache emocional en que había caído.
Todo el misterio se aclaró cuando llegamos a Six Flags. No he vuelto a ir desde entonces. En la taquilla comprendí que la extraña insistencia en beber una marca de refresco que no era la habitual, se debía a una promoción de descuento al presentar los envases; luego reímos cuando nos entregaron la lista de atracciones en las cuales podía subir sin poner en riesgo mi salud: La Mansión de la Llorona —que ofrecía un buen pretexto para abrazarte y “protegerte” aunque no lo necesitabas—; La Cabaña del Tío Chueco —cuyo nombre no tiene que ver con mi ortopedia—; y El Río salvaje —Cuyos rápidos sorteamos cerca de cuatro veces—. Olvidaba mencionar Los caballitos.
Antes de que subiéramos la primera vez al embarcadero mecánico, ya habías logrado que recuperara la sonrisa. Al salir del parque, mi desánimo se había vuelto entusiasmo. La tristeza había dejado paso al gozo y me sentía feliz por la compañía, la amistad y la vida. Me sentía tan contento, que no me importó el traje nuevo y los zapatos, arruinados por la lluvia. Seguía sintiendo dolor por la muerte de mi hermano pero supe, como siempre, que estabas conmigo.
Ojalá recibas mis palabras hasta el cielo y sean un buen regalo de cumpleaños. Sé que habíamos prometido celebrar juntos este año pero el buen Dios dispuso una fiesta más grande para ti.
Hoy enterré contigo la mitad de mi corazón. Lo sabes. Hoy verifiqué que ningún amor aquí en la tierra, por grande que sea, nos puede colmar porque todos, tarde o temprano, somos seres dolientes... Hoy he constatado el tesoro más grande del cristianismo: por la fe y la salvación, puedo abrazar la certeza de volver a encontrarnos unidos en Cristo... Sé que tú estás con Él y que si yo me mantengo en gracia y comulgo todos los días, podremos estar cerca en la comunión y sé que tú me esperarás en el Cielo, donde estás y podré abrazarte... Te amo, gracias por acercarme siempre al Misterio.
 
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