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Mauricio Melgar Alvarez
Viernes, 10 de Agosto de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
El error

   «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».
(Pablo de Tarso).

 
Afuera está nublado. Llueve, según dicen, a causa de los remanentes de un Huracán. Yo creo que el cielo llora para acompañar mi tristeza. Hoy no siento deseos de escribir pero el compromiso profesional me ha empujado a sentarme frente al teclado para hacerlo. Cuando intento concentrarme para aclarar mi mente y encontrar algo digno de ser contado, descubro que sólo rebota en mi cabeza la sensación de haber hecho algo mal.
Es una sensación que creía haber vencido pero que hoy, con la lluvia matinal, parece haber regresado con fuerzas nuevas; una sensación que desde muy temprano me ha acompañado en el camino. Me han dicho que una posible solución a esta tristeza, casi ontológica, son los antidepresivos y el psicoanálisis. Lo cierto es que siempre he creído que inducir la “alegría” artificialmente, sin esfuerzo y sin apertura a la gracia, es tan ridículo como afirmar que se puede bajar de peso sin ejercicio, con  los productos que anuncian en televisión. Nada puede ahorrarnos el esfuerzo de cada paso en el camino. Además, el diván está contraindicado para mi escoliosis. Prefiero alegrarme en la poesía.
Platón sostiene en el Banquete, que póiesis (creación) es algo muy amplio puesto que refiere a todo lo que es causa de que algo —sea lo que sea— pase del no ser al ser. Todas las actividades que entran en la esfera de todas las artes son creaciones y los artesanos de éstas, son creadores o poetas. Tradicionalmente, esta noción del poeta como artesano es opuesta a la filosofía, vista como contemplación y como búsqueda de diversas formas de explicación de lo real.
Sin embargo, creo que en el trabajo del poeta como se concibe hoy día y cuya noción ya prefiguraba Platón en el mismo diálogo —en voz de Diotima — tiene también, al menos como pretensión, un cometido explicativo sobre la realidad. Recuerdo, por ejemplo, unos versos de la “autobiografía” de Luis Rosales: «(Así he vivido yo) sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería».
Creo que estas palabras ilustran fielmente un aspecto primordial de la condición humana: el error. Sería absurdo dar cuenta de la existencia sin la posibilidad de equivocarse, relatar una vida sin caídas sería como escribir una historieta de la vida de un santo que resultara tan lejano, sólo sirviera para admirarse como objeto de museo y cuyo testimonio jamás pudiera hacerse carne. Sólo aquel que no camina, no caerá nunca. La conciencia humilde del error, es un buen termómetro de la fe.
Sin duda, la sensación de falta de correspondencia entre el dolor de la caída y lo infinito de nuestro deseo, sirven de impulso a nuestros pasos. Una inequívoca de que el mal jamás prevalecerá sobre el Bien, es que dicho mal, en su misterio, siempre entraña un punto que, mediante la sincera contrición, nos conduce al encuentro con Dios. Ya lo dijo el santo de Hipona: «Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor». Lo mismo ocurre a Pablo con aquel aguijón en su carne: es ocasión para la manifestación de la misericordia divina.
Tras el juego de palabras de Luis Rosales se asoma la conciencia de un hombre que mira su vida como un fruto maduro, un fruto que adquiere sentido en la indigencia, en el reconocimiento de que, en esta vida, el corazón jamás se sacia porque está hecho para el Infinito.
Pienso que el sentido de esta insuficiencia natural de la vida humana guarda cierta relación con la falsabilidad popperiana respecto de las teorías científicas. Popper dice que pese a todas las comprobaciones que hayan podido hacerse de una teoría en el campo de la ciencia, ésta siempre es falseable puesto que nunca se excluye la posibilidad de que un hecho nuevo pueda contradecirla. Ello implica que el criterio de demarcación de las teorías científicas no sea su verificabilidad, sino la falsabilidad del sistema en el cual operan.
No se ha de exigir, pues, de un sistema científico —como tampoco de una existencia auténticamente humana— que sea capaz de ser elegido como infalible, de una vez y para siempre, sino que, en su forma lógica, pueda ser probado en la experiencia, lo mismo que el hombre, en la libertad.
Allí radica el valor del error, el sentido trascendente de la caída: es prueba del don de la libertad y ocasión de salvación y testimonio de  la misericordia de Dios a los suyos.
El otro día supe que en una radiografía se puede ver, en las articulaciones de los niños y los adolescentes, una marca que indica la presencia de un cartílago llamado “cartílago de crecimiento”. Por un accidente absurdo, una de esas tontas caídas que suelen ocurrirme inesperada e inoportunamente y con el único propósito de no dejarme olvidar la privación ontológica que me acompaña desde el primer vistazo de luz en mis ojos, pude constatar su existencia.
Supongo que, a mi edad, he alcanzado la estatura que me corresponde según el resultado final de la pugna entre la espasticidad de la parálisis y la genética. Hicieron placas de rayos X de mis manos y, en efecto, ya no hay tal cartílago en mi cuerpo.
Después de una caída contigo ayer en la noche y, en la cual por fortuna sólo fuiste una observadora, me di cuenta de dos cosas:
La primera de ellas es que seguirte el paso es difícil, que seguramente al intentar mantenerme a tu lado, volveré a caer, cosa que no me importaría demasiado pues sé cómo ponerme en pie nuevamente...
En segundo término, me he puesto a pensar que quizá aún queda en mí algo de ese maravilloso tejido creciente porque cada vez estoy más convencido de que al mirarte, algo se estira en mi pecho y creo que no puede ser otra cosa sino el corazón que se esfuerza por agrandarse lo suficiente como para que quepas en él con comodidad.
Tal vez mi corazón no estuvo a la altura del amor de Dios, no lo sé y ya tampoco me importa demasiado porque siempre estará su Misericordia...
Lo único cierto es que te amo y espero estar a tu altura muy pronto. Aunque al andar a tu lado pueda caer nuevamente, ayer me alegré de encontrar descanso en tu abrazo, que es también, mediación de la Presencia divina. Dios te guarde.
 
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