TV En Vivo
Miércoles de 10:00 a 15:00 hrs.

Siguenos en
 
 
Portal Informativo de Fundación para la Promoción del Altruismo IAP


 

El corazón PDF Imprimir
Mauricio Melgar Alvarez
Lunes, 27 de Agosto de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
El corazón

   «¿Qué busco? Esa es una buena pregunta…
He tratado muchas veces de buscar a Dios y a la justicia.
Soy un pobre diablo que anda entre el cielo y el infierno.
Soy una gente que lo quiere todo y que no ha alcanzado nada.
Durante meses o años busco la justicia, el pan, la comida, la sal, la mujer,
y hay momentos, breves momentos, en que he querido buscar a Dios…
Nunca lo he encontrado, el día que lo encuentre me quedo callado».
(Jaime Sabines).
 

Con más frecuencia de la que somos conscientes ocurre que el impacto de nuestro ser con la realidad, desemboca en la búsqueda de aquello que nos constituye. La definición del hombre que da Boecio como “sustancia individual de naturaleza racional” es de carácter normativo pero no explica cómo de hecho es la existencia ni da cuenta de la esencia humana: la pregunta.
Esta pregunta constante entraña un anhelo tendiente al infinito que obliga al reconocimiento de nuestra condición creatural y en consecuencia, la relación con el Creador. Hoy día esta afirmación resulta incómoda para muchos; en especial para quienes consideran que la realización del individuo depende exclusivamente de sí.
Ser persona es ser en relación. Este hecho funda su identidad, misma que se enraíza primordialmente en la indiscutible dependencia de Quien nos ha participado el ser. A pesar de la secularización que envuelve al mundo y de los intentos del hombre por “librarse” de dicha dependencia, lo cierto es que su propia naturaleza —manifiesta en la suprema dignidad que lo caracteriza — revela la vocación que lo impele a entrar en vínculo con Dios.
Dicha vocación no se constata, en primera instancia, en una experiencia cultual particular sino que aparece formulada en una serie de exigencias o preguntas radicales sobre la constitución última de la realidad. La primera de ellas se resume en la búsqueda de la Verdad; es decir, del significado de las cosas. Es posible que la ciencia humana sea capaz de analizar y comprender numerosos procesos relacionados con el desarrollo de múltiples fenómenos naturales pero nunca se podrá decir que se conoce plenamente su significado.
Mientras más seria sea la búsqueda sobre la composición de las cosas, más profunda será la pregunta por el significado que estas adquieren con relación a toda la realidad.  Esta exigencia de verdad no se aquieta nunca, pues cuanto más se acerca la inteligencia humana al conocimiento de la estructura originaria de la realidad, mayores son la inquietud y la curiosidad que experimenta: «¿Qué desea el hombre más ardientemente que la verdad?». Agustín de Hipona reconoce que tras el deseo que impulsa al intelecto en su camino, está el nexo íntimo con el Absoluto.
Hay otro hecho que revela claramente la imposibilidad del hombre de responderse a sí mismo: la exigencia de Justicia. Ésta se expresa como una desproporción frente a la pretensión de fetichizar la justicia y de absolutizar la norma y la pena. Para ilustrar esta desproporción, basta pensar en el caso de un condenado a la pena de muerte quien, después de enfrentar el castigo, es encontrado inocente.
Ya no habría modo de hacerle justicia. Nada le devolvería la vida. Si acaso su honra sería restituida, su memoria quedaría salvada. Sin embargo, esto ya no tendría sentido alguno para él. La única respuesta posible es apelar a la realización de la Justicia presente intrínsecamente en el corazón de cada cual. Dicha exigencia se relaciona íntimamente con el propio ser de la persona y por eso, no puede satisfacerse sin tener en cuenta una visión de la trascendencia.
Sigue entonces, la exigencia de Felicidad. Para explicarla recurriré a la interpretación de un ejemplo usado por el hiponense. Si preguntamos a un grupo de jóvenes sobre su vocación, indudablemente recibiremos respuestas distintas, según el querer de cada uno: habrá quien quiera ser abogado, otro futbolista, otro bombero, otro filósofo… Pero si preguntamos al mismo grupo de jóvenes si quieren ser felices, sin duda que no habrá uno que no lo desee. De ahí se sigue que el deseo de Felicidad es connatural a la humanidad entera.
Ahora bien, la Felicidad no es otra cosa que el cumplimiento pleno de nuestro ser, es decir, la satisfacción absoluta del deseo que supone nuestra naturaleza contingente y su ineludible referencia a Otro.
El Amor es la principal exigencia del corazón humano puesto que, de algún modo, aglutina todas las demás. Amamos lo que es bello, pues lo bello remite invariablemente a la Belleza misma; a Aquel que participa de Su Belleza a todo lo que despierta nuestra atracción. Mientras más bello sea lo que nos cautiva, más nos abre al deseo de algo distinto, de algo mayor.
El Amor siempre nos remite al deseo de eternidad. Recuerdo que Gabriel Marcel, el filósofo francés, expresó claramente el deseo que subyace en toda relación de amor: «Ama quien dice al otro: tú no has de morir». O la sentencia cristiana: «Nadie tiene mayor Amor que el que da la vida por sus amigos». Esta concepción del amor empuja el deseo humano hasta el infinito que se revela como signo que está más allá de la realidad inmediatamente evidente y que, de hecho, la sostiene. La negación de estas exigencias, constitutivas de la razón humana, resulta contraria a su misma naturaleza.
El reconocimiento de la sed de Infinito —de este estar hechos para el Infinito—, implica una purificación de la mirada para distinguir todo aquello que se presenta falsamente como fin de la existencia. Hay que desentrañar la falsedad de las seducciones que conculcan nuestra verdadera libertad.
Contra esta pretensión posmoderna de “autorrealización” clausurada, que conduce a la angustia del vacío insatisfecho, es necesario reconducir la dependencia estructural del hombre hacia Aquel que es la Verdad que lo hará libre.
Siendo fieles a esas exigencias y haciendo el trabajo día a día, es posible captar el valor de los momentos donde opera una desproporción natural entre nuestro deseo y la realidad. Dicha desproporción es una “anomalía” que sirve de guía para orientar el rumbo de nuestro andar. Éste método no nos ahorra sufrimiento ni dolor pero sí es una ayuda infalible en el trayecto.
Se ha dicho antes que se ama lo que es bello por ser signo de la Belleza. Toda forma de arte esconde y revela esa Belleza que constituye la fuente del Amor.
El poeta chiapaneco da cuenta de esa búsqueda y de cómo la mirada se va purificando para ir de los consuelos inmediatos hasta Dios, en Quien el alma encuentra gozo, sosiego, silencio y paz.

 
periÓdico

multimedia

TelaS de Amor



Fotografía Jorge Rosano

Libros Raul Espinoza

Escultura Gogy Farías

Escultura Tiburcio Ortíz


Teatro Alejandro Faugier


Milly Cohen
   
InicioServiciosContenidoFundaciónEditorialesPromociónSitios de interésComentarios y sugerencias
Portal de información de
Fundación para la Promoción del Altruismo I.A.P

Teléfonos (52 55)  5250 1851
 
www.anunciacion.com.mx
Todos los Derechos Reservados México DF 2012-2016