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Mauricio Melgar Alvarez
Jueves, 06 de Septiembre de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
El signo

De manera general, puede decirse que un signo es cualquier entidad sensible que permite reconocer un hecho que no se percibe de inmediato.
La apertura frente a la realidad implica asumirla como un signo que remite a Otro, por cuya intuición cierta somos capaces de asumir una postura compasiva, particularmente, frente a aquellos hechos que denotan claramente la experiencia del dolor en la cruz. Digo intuición porque todavía se requiere avanzar un poco más para llegar a la certeza. El paso que falta sólo puede darse mediante una decisión libre.
La adhesión a esta Presencia que se revela en el signo, pasa imprescindiblemente por nuestra libertad; esta libertad se manifiesta al interpretar, con nuestras categorías particulares, la relación de sí con el mundo y con Dios. No obstante, hay que tener en cuenta que dicha interpretación —como ejercicio libre— entraña un riesgo radicado en la disposición para andar el camino hasta el final: pasando por el camino del Calvario, con la cruz a cuestas, hasta llegar a la resurrección.
El riesgo al que me refiero es la tentación de ahorrarnos un paso del camino: cargar la cruz. No obstante, la comprensión de la realidad como signo conlleva el descubrimiento del llamado o la invitación recibida para seguir a Cristo, un seguimiento que denota en cada paso una respuesta decidida, libre y que se afirma, con más fuerza en el reconocimiento de la necesidad de misericordia frente a nuestra nada.
En esta dinámica incluso los tropiezos tienen sentido: caer implica haber caminado y nuestro caminar es fruto del deseo de responder al llamado recibido. La conciencia de este llamado es personal, particular y opera en dos momentos: primero aparece como contestación a la pregunta “A quién sigo yo”; y luego, como gesto que trasluce en nuestra vida, la memoria de Cristo.
Esta memoria Suya es también el primer paso para la conversión que se enraíza en la contrición ante la ofensa. Sólo de este modo, se puede emprender el camino de vuelta a casa. Así, la moralidad se erige como formulación práctica del estado original en el que hemos sido llamados a la existencia: es decir, la apertura auténtica a la realidad. Una apertura desde donde resulta claro lo que el signo muestra o, al menos, una apertura desde la que se plantean las interrogantes fundamentales para desvelarlo.
En sentido opuesto, la inmoralidad se expresa como una mirada parcial, prejuiciosa, insuficiente de la realidad; una mirada desde la cual, evidentemente, no es posible comprender nada.
La realidad nos esconde o nos descubre el valor y el sentido del signo, según la actitud subyacente en nuestra aproximación. Sólo la atención cuidadosa a lo que se nos presenta y la fidelidad al propio deseo, revela su contenido medular.
Es curioso que esta “ambigüedad” del signo sea la condición de posibilidad para el ejercicio de nuestra libertad. El “yo” que somos, se afirma solamente en relación con el otro, con el prójimo y muy especialmente en la relación con Aquel que nos ha constituido.
Ahora bien, hay dos actitudes que dificultan nuestra actitud de apertura frente a la realidad —apreciarla como signo— y, en consecuencia, entorpecen nuestra relación constitutiva con el Misterio, con el Absoluto, con Dios: elprejuicio y laideología.
Respecto del prejuicio se distinguen dos sentidos: etimológicamente significa “juicio previo” y explica que frente a una propuesta, cualquiera que sea su naturaleza, el hombre reacciona y lo hace basándose en lo que sabe y en lo que es y sostiene que mientras más personalidad se tenga, más inmediatamente se configurará dentro de sí, frente a cualquier imagen, una idea determinada; un juicio claro. Inevitablemente aparece, por tanto, que hay una cierta concepción previa frente a cualquier cosa.
El sentido negativo del prejuicio se da cuando el hombre se sitúa frente a la realidad que se le propone, asumiendo que su reacción es el criterio para juzgar y no sólo un condicionamiento a superar mediante la apertura para preguntar. La superación del prejuicio es lo que permite llegar a un significado que exceda lo que ya se sabe o se cree saber.
Luego, la ideología es una construcción teórico-práctica desarrollada a base de un prejuicio que sólo, aún pudiendo ser verdadera, sólo contempla un aspecto de la realidad, de modo unilateral y tendencialmente absolutizado por una filosofía o un proyecto político particular.
El prejuicio se limita exclusivamente a mirar ciertos aspectos notorios o supuestamente conocidos de lo que la realidad propone, mientras que la ideología suele atribuir una aureola de salvación a visiones prácticas y manipulables en orden a un interés del poder. Es claro entonces que, tanto en el prejuicio como en la ideología, queda de manifiesto un proceso reduccionista de la realidad.
En contraste, la experiencia misma, considerada en su totalidad, nos conduce a la comprensión auténtica del término “racionalidad·”. La razón es un acontecimiento singular de la naturaleza que revela en sí, la exigencia operativa de explicar la realidad en todos sus factores, a fin de que el hombre pueda introducirse en la verdad de las cosas, como fruto de una visión totalizante de la experiencia humana.
Ahora bien, el sentido religioso —entendido como necesidad radical de verdad y como relación originaria con el Misterio—, vive de esta racionalidad “totalizante” de la experiencia humana y es su expresión más auténtica porque no cesa de intentar dar respuesta a la exigencia más estructural de ésta: el significado.
Sólo se puede intuir la dinámica estructural de la razón entera, con una visión religiosa, porque plantea la exigencia del significado, que es como el resumen último o la intensidad última de todos los factores de la realidad; y porque nos abre y nos pone a las puertas de lo distinto, de lo Otro, de lo Infinito.
Si no se obedece a fondo esta exigencia natural de la razón sobre el significado último de todos los factores de la realidad, caeremos en la trampa del prejuicio y la ideología.
 
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