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Mauricio Melgar Alvarez
Jueves, 28 de Junio de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
Un milagro no basta
 
È bella la strada per chi cammina…
(Es bello el camino para quien anda…)
Claudio Chieffo
 
¿Cuánto hace que no recorres tu barrio a pie? ¿Qué tan consciente eres de los pasos que das? ¿Acostumbras mirar al que va del otro lado de la calle? Es curioso que siendo el siglo XX, sobre todo su segunda mitad, la época donde más se ha hablado del hombre, de sus derechos y del progreso tecnológico; éste sea también sin duda, el periodo en la historia donde ha habido mayor desesperación, dolor, injusticia y menoscabo de la dignidad de las personas.
De pronto pareciera que la iniquidad cunde como una epidemia que no tiene cura y que avanza de manera exponencial, irremediable y lógica. No hablo únicamente del “mal anónimo” que se esconde en la masa apática y que destruye sin distinción y en silencio nuestra sociedad; pienso sobre todo en la experiencia del mal que cada uno enfrenta en la vida cotidiana, en medio de circunstancias particulares.
Conviene ahora analizar, uno a uno, los efectos del mal para desentrañar su misterio y sus alcances:
Dicha experiencia muestra en primera instancia, que el mal —ya sea físico o moral— hace daño e impone un sufrimiento que se presenta como dolor; un dolor evidente, objetivo, incuestionable. En seguida, lo más natural es hacer cuanto sea posible por librarse de ese dolor ¿Cómo se consigue esto? La razón dirá que se requiere encontrar su origen; no obstante, aparece con mayor urgencia aún la necesidad de suprimir dicho origen.
El problema se agrava justo por esa precipitación que conduce al sujeto paciente a pasar por alto la causa del sufrimiento que lo aqueja, al fin y al cabo, lo que importa es dejar de penar y para ello, lo más frecuente es cargar con el propio dolor a cualquier otro, quien se convierte, muchas veces sin quererlo, en antagonista. La lógica del mal —que agrede con el sufrimiento—, exige del sujeto paciente, una respuesta agresiva que lo libere de él.
La impaciencia frente al dolor engendra entonces, un deseo de venganza. Y ahí es donde radica la virulencia con la que se propaga la iniquidad: el mal, que ocasiona sufrimiento al sujeto paciente, lo convierte en agente de un mal mayor, la venganza. Sin querer el mal de inicio, se acaba devolviendo mal por mal. La operación de poner rostro al origen del sufrimiento facilita combatirlo pero suele extender la iniquidad porque muchas veces se culpa a un inocente.
Lo interesante de escudriñar en esta lógica del mal, es que se puede atisbar también la causa del mal colectivo: la polución, la indiferencia, la pobreza, la desigualdad, la violencia…

Mientras más se deja crecer al mal, aumenta el número de los rostros culpables —pero siempre excluyendo al sujeto paciente, que se arroga el título de inocente—. A estas alturas resulta evidente por qué la iniquidad parece tan difícil de aniquilar: para destruir el mal, que causa dolor a quien lo sufre, se emprende una cruzada de acusaciones contra el otro, que no es otra cosa sino expresión de un mal que ahora es fijado por el antes inocente —quien así se vuelve culpable— y que sólo genera más dolor.
¿Cuál es la salida? Por ridículo que parezca, para salir de este laberinto sólo hay que caminar, sólo caminar… La vida misma es el camino y es un camino tan arduo, que nadie ha dado por sí mismo el primer paso. Es Dios quien lo ha comenzado.
Sólo caminando es posible romper la lógica del mal. Lo cierto es que nadie puede ahorrarnos un paso del camino.
¿Qué padre no quisiera enfermar por su hijo para que este no padeciera? Sin embargo, no es posible. A cada uno le toca enfrentar una experiencia particular.
Hay algo que se nos pide a cada uno y que nadie más puede hacer. Sin embargo, eso no excluye las posibilidades de mutua colaboración: la compañía.
Se ha visto ya que el sufrimiento es contrario a la naturaleza humana, no es posible soportar el mal por simple lógica. El sacrificio resulta inhumano. ¿Qué hacer entonces para enfrentarlo, para asumirlo, si nadie puede ahorrarle a otro ni un paso en el camino? Antes he dicho que Otro ha andado ya ese camino y nos tiene en Él, puesto que lo ha comenzado a andar con cada uno de nosotros.
Puede ser que frente a una dificultad verdaderamente grande, seamos testigos de un milagro en nuestra vida. Los milagros ocurren... Pero no basta que nos sepamos depositarios de esta gracia. Es necesario ir más allá de la mera constancia que nos deja saber que la vida es un don. Es necesario caminar, usar la razón y comprender que ese don entraña la responsabilidad moral de atender a esta convocatoria con toda nuestra humanidad, no sólo con la dimensión afectiva. Sólo así, seremos capaces de apreciar el verdadero valor del milagro: ser piedra de toque para nuestra vida de fe y nuestra salvación.
Sólo si en este andar miramos a quien es el Camino y caemos en la cuenta de que Su Sacrificio da sentido a todos nuestros sacrificios cotidianos, porque ha sido la condición de posibilidad para alcanzar la salvación; y de que nuestros sufrimientos —sea cual fuere el mal que los origine— son una oportunidad de adherirnos a Él, podremos romper, de manera definitiva, la lógica de la iniquidad. Hay que ser semejantes a un soldado de infantería, que son los primeros en frenar el avance del enemigo; atrevernos a frenar al mal, aún siendo inocentes, a fin de que su influencia nefasta no vaya a más.
Hace unos días recordaba una frase de Agustín de Hipona que, por obvias razones —pues he de decirles que desde pequeño uso bastón—, tiene especial resonancia en mi vida: “Más vale un cojo en el camino que un corredor en la cuneta” y me dí cuenta de que, aún con baches, coladeras destapadas, mal pavimento y una cojera perpetua: “Es bello el camino para quien anda…”
Quiera Dios, amigo lector, que aceptes caminar conmigo; dejar la prisa por un instante, ya sea en el metro, en tu auto o cualquiera de los “eficientes” medios de transporte que nos ofrecen estas urbes nuestras y te animes a andar paso a paso, ya sea en mi acera o la de enfrente, poniendo atención a cada pisada para llegar juntos a casa, donde nos esperan ya...
 
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