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Mauricio Melgar Alvarez
Jueves, 05 de Julio de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
La Verdad
 

«¡Dios ha muerto! Y nosotros lo hemos matado […].
Nunca ha habido una acción más grande:
todos los que vendrán después de nosotros pertenecerán,
gracias a esta acción, a una historia más alta
de lo que han sido todas las historias hasta hoy».
(F. Nietzsche. En La gaya ciencia).

 
Estas palabras, salidas de la boca de un loco, vaticinaron el tono de la época que vivimos hoy día y puede decirse que parten en dos la historia de la humanidad, una humanidad que lentamente se fue olvidando de Dios hasta “matarlo”. No se trata sólo de un asunto teórico o literario: la “muerte” de Dios, del Dios cristiano —piedra angular de la Historia—, trajo consigo el derrumbe de los pilares sobre los que se asentaban la vida social y la cultura en occidente. Parece no haber horizonte de referencia.
Privan las antinomias, la irregularidad: se exaltan los intereses materiales pero a la vez se emprenden torcidas búsquedas de la interioridad perdida en “cultos light”; se enaltece la belleza del cuerpo pero con una franca tendencia al “porno”; se exacerba el consumo de productos industrializados pero con una conciencia“verde o sustentable”; se valoran la frescura y la naturalidad pero con un look metrosexual; se defiende la innovación pero se gusta de lo “retro”; gracias a la Internet y las redes sociales, se acerca a quienes están lejos pero se aleja a los cercanos; los “foros virtuales” y los “blogs” promueven la escritura y la lectura pero se atropellan la ortografía y la gramática. Lo privado se ha vuelto público…
Nuestra cultura es caldo de cultivo para la epidemia del individualismo. El exceso de estímulos sensibles aletarga las capacidades de percepción, al tiempo que la multiplicidad de posibilidades de elección anulan la libertad.
Quizá podría pensarse que esta corrosión afecta exclusivamente el campo sociológico o ético, que sus ulceras no alcanzan el ámbito de las ciencias particulares y que, aunque la Verdad parezca haberse vuelto un asunto de consensos, todavía es posible aspirar a la construcción de una senda empedrada y sólida sobre la cual posar las plantas en el andar del género humano.
Lo cierto es que la historia de la ciencia muestra una visión muy distinta a la que consignan los libros de texto —donde ésta se edifica, progresivamente, a partir de la observación y el rigor lógico—. Más allá de normatividades, en los hechos se observa que hoy la ciencia no se estudia de acuerdo a teorías y modelos emanados de ella misma, sino que se erige a partir de las ideas que impregnan los ambientes culturales de cada época.
Tradicionalmente se ha enseñado que la solución a las controversias entre distintas teorías se halla en la aplicación del método científico, pues los disensos que pueden presentarse son sobre todo, de orden metodológico. No obstante, hay numerosos ejemplos que constatan que dichos desacuerdos obedecen, más bien, a modos inconmensurables de ver el mundo.
El punto de partida de la ciencia suele ser la recopilación controlada de datos y su interpretación a partir de teorías y métodos particulares. Puede ocurrir que, en esta etapa del desarrollo de una ciencia particular, diferentes científicos —frente a los mismos fenómenos— hagan descripciones e interpretaciones diferentes.
Sin embargo, es frecuente también, que haya momentos en los que esas diferencias parecen diluirse, diría Thomas Kuhn que la “ciencia normal” se transforma comúnmente por medio de cambios de paradigma —entendido como creación científica, colectivamente reconocida, que aporta modelos de solución pertinentes para un grupo de hombres de ciencia—, lo cual ocurre mediante revoluciones. Este filósofo norteamericano sostiene que dicha “ciencia normal” se funda en los presupuestos que una comunidad científica asume como base para una práctica posterior (consenso). Los paradigmas vigentes de la comunidad científica, son consignados en los libros de texto científicos.
Sucede entonces que, en los periodos de “ciencia normal” se obliga a la naturaleza a entrar en esquemas conceptuales proporcionados por la comunidad científica que postula el paradigma operante; se difunde la idea —casi siempre con soberbia— de que dicha comunidad científica posee la verdad respecto del modo de ser del mundo; se evitan o se suprimen las innovaciones, sobre todo cuando pueden poner en riesgo los principios que sostienen el consenso bajo el que se rige la “ciencia normal” y que podrían originar una anomalía.
Dichas anomalías son las que, en último término, posibilitan el avance de la ciencia porque en ellas se pone en evidencia la inoperatividad de un paradigma. Basta recordar aquí la revolución copernicana frente al modelo astronómico de Ptolomeo.
Hay que decir, con Kuhn, que para que una teoría se convierta en paradigma ha de parecer mejor que sus competidoras, aunque nunca explique todos los problemas que puedan derivar de ella: el éxito de un paradigma radica en su “ser promesa” para la solución de un número considerable de problemas.
Ahora bien, habiendo demostrado que la carcoma del relativismo alcanza hasta la verdad científica, sólo queda mirar de frente el tamaño de la estupidez humana; darnos cuenta de que por sobre verdad científica y la actitud soberbia de quien se ocupa de hacer ciencia o filosofía —como es el caso de este servidor—, se eleva la Sabiduría.
Urge volver a ser sencillos y dejar que Dios resucite y habite entre nosotros…
Ahora recuerdo un añejo vals oaxaqueño de Macedonio Alcalá, llamado: “Dios nunca muere”; y en una de sus estrofas dice: «Sé que la vida empieza/ en donde se piensa que la realidad termina…/ Sé que Dios nunca muere/ y que se conmueve/ del que busca su beatitud». Desconozco quién escribió estos versos que dan letra a dicho vals pero sin duda que en estas palabras se desvela la Verdad, una Verdad que ni el mismo Nietzsche pudo contemplar.
La Sabiduría supera a los sentidos; no depende del ámbito corpóreo ni de sus mutaciones. La fisiología puede limitar el ámbito de la actividad mental pero la luz de la Sabiduría supera cualquier condicionante de orden material.
Para terminar, recordemos Juntos las palabras de quien es la Verdad: «…Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar…».
 
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