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Mauricio Melgar Alvarez
Miércoles, 11 de Julio de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
La Vida
   

«Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Sólo que un día se alza el “por qué” y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. “Comienza”: esto es importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inicia al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. La despierta y provoca la continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena o el despertar definitivo. Al final del despertar viene, con el tiempo, la consecuencia: suicidio o restablecimiento [...]. También la inteligencia me dice, por lo tanto, a su manera, que este mundo es absurdo...».

Estas líneas del Sísifo de Camus ilustran el sentimiento con el que, sin duda, suele describirse la experiencia cotidiana cuando todo se reduce a una sucesión continua de actividades sin sentido trascendente; cuando vivimos —como decía Hanna Arendt— sujetos a la labor y el trabajo. Sísifo, fue condenado por los dioses a la tarea interminable e inútil de acarrear una piedra montaña arriba, se convierte de este modo en un ejemplo de la condición humana, persiguiendo sin esperanza ni sentido el logro de un fin.
Conviene ahora contextualizar el sentido que adquieren aquí estos términos: labor corresponde al proceso biológico del cuerpo humano, cuyo crecimiento, metabolismo y decadencia están ligados a las necesidades naturales; la condición humana de la labor es la misma vida. El trabajo es la actividad que corresponde a lo no natural de la existencia del hombre, proporciona un mundo de cosas “artificiales,” claramente distintas de todas las circunstancias biológicas. Dentro de sus límites alberga cada una de las vidas individuales, mientras que este mundo sobrevive y trasciende a todas ellas; la condición humana del trabajo es la “mundanidad”.
Ante este panorama desolador surgen preguntas fundamentales: ¿Cuál es la vía que puede conducirnos a la trascendencia? ¿Cómo captar el valor de la vida aún en las circunstancias que, a todas luces, parecen adversas? Es necesaria una razón capaz de reconocer la realidad en toda su profundidad. Hay que educar la mirada de modo que penetre más allá de la apariencia inmediata, de lo plano que pueda aparecernos el día a día.
El hombre religioso capta el espacio de un modo no homogéneo, pues presenta roturas y escisiones. Hay porciones de espacio cualitativamente diferentes unas de las otras, hay un espacio sagrado, “fuerte”, significativo; y hay otros espacios no consagrados (profanos) que carecen de estructura y consistencia.
Esta experiencia de no homogeneidad del mundo —En consonancia con el pensamiento de Mircea Eliade— constituye una suerte de “fundación” del mundo, puesto que la conciencia de esos puntos de ruptura permite descubrir, a modo de revelación, la totalidad de lo real y se convierte en un eje que guía, desde el presente, toda orientación futura.
Esta visión respecto del espacio sagrado, en contraste con el espacio profano, resulta muy útil para vislumbrar una vía de escape frente al desasosiego expresado por las palabras de Camus. La existencia humana tampoco es homogénea, absurda, sin salida. Vivir es algo más que empujar eternamente una roca contra una pendiente.
Aunque no soy teólogo o exegeta, quisiera servirme de un pasaje del Evangelio de Lucas para explicar lo anterior:
Dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras discutían, Jesús en persona se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: ¿De qué van discutiendo por el camino? Se detuvieron, y parecían muy desanimados.
Uno de ellos le contestó: ¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días? ¿Qué pasó?, les preguntó. Le contestaron: ¡Todo el asunto de Jesús Nazareno! Era un profeta poderoso. Pero nuestros sacerdotes y jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. Entonces él les dijo: ¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria? Y les explicó lo que se decía de Él en todas las Escrituras.
Al llegar cerca de Emaús, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le rogaron que se quedara. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él ya había desaparecido. Entonces se dijeron el uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin duda, para estos dos hombres, el encuentro con Jesús resucitado representa un punto de ruptura en su monótono y nublado paisaje. Es curioso que el evangelista aclare que algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Muchas veces la tristeza, el descuido, los afanes inmediatos o las preocupaciones, nos impiden mirar con profundidad aquello que nos aparece delante y que, sin duda, entraña una manifestación de lo sagrado.
En el ánimo de estos discípulos había un hondo dolor, decepción y turbación por haber perdido a Jesús y con Él, la esperanza de salvación. Cuántas veces una pérdida, una decepción o el sufrimiento se nos presentan como el final de la existencia, como una decepción que corta de tajo nuestra esperanza y frente a la cual todo parece carecer de importancia. Cuando eso ocurre, es muy posible que las lágrimas impidan que nuestros ojos vean y que ese hecho se aprecie como una ruptura que se convierta, a la postre, en el punto de refundación de nuestra vida; un cruce en el camino donde Dios comience a caminar a nuestro lado.
Estos discípulos habían escuchado, de viva voz, las palabras de Jesús, lo habían visto realizar prodigios en virtud de su divinidad, lo conocían. Pero aún así, al estar sumidos en el pesar, no fueron capaces de reconocerlo hasta la fracción del pan.
Caminar en la vida no es un eterno retorno, a cada paso —especialmente en los tropiezos, en las rupturas— puede aparecérsenos aquel que es la Vida en plenitud. Sin embargo, no hay que olvidar que el cumplimiento de lo que Dios quiere para cada uno, pasa por nuestra libertad y nuestra disposición para mirarlo, escucharlo y recibirlo con apertura.
Estemos, pues, atentos a la realidad entera y sobre todo en los días aciagos porque como decía mi abuela: “Entre las ollas anda Dios”.

 
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