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La razón sin razón PDF Imprimir
Mauricio Melgar Alvarez
Jueves, 19 de Julio de 2012 09:00

La Strada
(El camino)

 Mauricio Melgar Álvarez
 
La Vida
  

Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y,
en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo,
pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.
(Juan Pablo II. Fides et ratio).

 
Tradicionalmente se ha sostenido una escisión, casi irreconciliable, entre razón y fe. Basta recordar aquella denuncia kantiana en el sentido de que la misma naturaleza de la razón la hace elevarse cada vez más, incurriendo en lo que él llama en oscuridades y contradicciones.
Desde esta perspectiva, la metafísica es considerada como esa “desviación natural de la razón” que intenta ampliar sus alcances más allá de la “experiencia posible” y desemboca en lo indeterminado. La razón, así concebida, intenta dar unidad al conocimiento mediante principios independientes de experiencia misma. La imputación kantiana sostiene que ese tipo de conocimiento se torna “ilusión de conocimiento”. El propósito que subyace en la Crítica de la razón pura es que la razón se tome a sí misma como objeto de estudio —se autoconozca— y se erija en una suerte de tribunal que juzgue y dictamine sus propios límites y alcances. Se plantea entonces la pregunta de cómo son posibles los juicios sintéticos a priori —universales y necesarios—. Kant no pretende destruir la metafísica sino reformularla, de manera que no sea mera especulación pues, a su juicio, en el terreno especulativo no se crea conocimiento, sólo en la práctica. Para Kant, la metafísica sólo es posible bajo principios prácticos y se justifica en la Ética.
La Crítica de la razón pura plantea las condiciones de posibilidad para las ciencias y el estatuto epistemológico de la metafísica. Por ello, intenta aplicar el método de la ciencia a la metafísica.
El filósofo prusiano pensaba que, hasta antes de él, la metafísica había sido un conocimiento especulativo sin una delimitación clara. La lógica, en cambio, no solamente estaba bien acotada sino que además, proveía de estructura al resto de las ciencias. Sostenía que el progreso de la metafísica estaba condicionado a su apego a las reglas de la lógica.
Kant propone un método —obtenido de la ciencia— para conducir a la metafísica por un “camino seguro”. Aplica entonces, la revolución copernicana a la teoría del conocimiento: no es ya el objeto quien determina el conocimiento.
Desde esta nueva posición, es el entendimiento quien determina al objeto. Los objetos no rigen ya a los pensamientos y sensaciones, las cuales no existen con independencia de nuestras facultades sensitivas, pues afirma que somos nosotros quienes construimos los objetos. Sin duda que esta “construcción” de los objetos por parte del sujeto trascendental trajo consigo, a la postre, un debilitamiento de la razón que, sin lugar a dudas, habría decepcionado al mismo Kant.

No creo que sea muy aventurado afirmar que, como una consecuencia no prevista por Kant, dicha revolución copernicana desembocó en una insospechada crisis de la razón. Es un hecho que hoy, la racionalidad ya no ofrece certezas universales en las cuales sostener una explicación firme sobre la constitución del mundo; solamente proporciona herramientas o instrumentos que sirven a los intereses, raramente claros, de quienes detentan el poder.
Es innegable la urgencia de rehabilitar la razón para no despeñarnos a la irracionalidad. Jean-Luc Marion afirma que la crisis actual ya no es una crisis de pugna entre razón y fe, sino que la crisis se da entre la razón y su propia racionalidad. No es posible apoyarnos en una razón que sólo tome en cuenta el cálculo; es fundamental operar bajo otro esquema de racionalidad.
Como ejemplo de esta crisis, el filósofo francés dice que basta con mirar lo que hoy se piensa sobre el deseo, al entenderlo de un modo casi exclusivamente económico y sostiene que esa apreciación entraña una profunda irracionalidad porque se lo considera como si fuese el fruto podrido de una patología que debe curarse o un impulso cuya satisfacción es exclusivamente de orden material lo que, sin duda, atenta contra la raíz de su racionalidad intrínseca: El deseo no tiene un objeto material, no es algo que se pueda comprar, vender o intercambiar. No es algo que se pueda saciar en la inmediatez de los objetos sensibles.
Aquello que Kant consideró como “la desviación natural de la razón” es decir, su esfuerzo por extender sus alcances “más allá de la experiencia posible” es algo que ha acompañado, desde sus orígenes a la experiencia cristiana. Basta recordar a Agustín de Hipona al inicio de Las Confesiones: «Grande eres, Señor, y laudable sobremanera; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene número. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Sólo como fruto del acontecimiento cristiano, la razón lleva a cumplimiento su naturaleza de apertura frente a la manifestación de Dios en la realidad. ¿Es verdad que el entendimiento construye los objetos? ¿No sería esto como pensar que el hombre se da la vida a sí mismo? Lo cierto es que esta vida se nos manifiesta como don, un don gratuito del Misterio ¿El reconocimiento de haber sido hechos por Otro nos saca de la realidad? ¿Este reconocimiento está fuera de los alcances de la razón o la ensancha? No podemos dudar de que la conciencia de esta herida de la que habla el hiponense —que no se cura sino en el cielo —y nos impele a una búsqueda incansable de cumplimiento, favorece, como nunca, hacer experiencia de un verdadero uso y los alcances de la razón hasta el final.
Sólo este camino nos hace más humanos, más despiertos para reconocer a Cristo que pasa frente a nosotros cada día. «Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le dijeron: “Rabbí —que significa Maestro—, ¿dónde vives?”. Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con Él. Era alrededor de la hora décima». La respuesta de Jesús “Venid y veréis” es una invitación a concreta a la experiencia. El cristianismo es, ante todo, esta experiencia de encuentro con el Misterio que se presenta, más tarde o más temprano, en nuestra vida.
 
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