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Una vieja pregunta para nuevas respuestas PDF Imprimir
Alberto Ross
Escrito por Administrator   
Lunes, 25 de Marzo de 2013 10:39
Otiolum

Una vieja pregunta para nuevas respuestas


Alberto Ross
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Hay cuestionamientos que se formulan una vez y quedan para siempre. Por ellas, hombres de todas las épocas transitan y ensayan una respuesta unas veces exitosa, otras decepcionante. Un especialista en formular ese tipo de preguntas fue, sin duda, San Agustín (354-430). La vida apasionante de este personaje permeó sus escritos y sus reflexiones. De los libros a las cantinas, de las fiestas a los retiros… el corazón inquieto de Agustín fue un motor permanente de búsqueda.
Una de esas preguntas cuyo eco llega a cualquier consciencia viva aparece en uno de sus escritos titulado “Del libre albedrío”. Ahí, San Agustín lanzó el siguiente cuestionamiento: “¿crees que se debe condenar la plata y el oro por causa de los avaros, los manjares por causa de los glotones, el vino por causa de los que con frecuencia se embriagan, la hermosura de las mujeres por causa de los hombres perdidos y adúlteros, y así todas las demás cosas, sobre todo viendo, como vemos, que el médico hace buen uso del fuego y un envenenador abusa criminalmente del pan?”. La sensibilidad de Agustín para abordar los asuntos humanos fue fruto de una profunda introspección. No fue un señalamiento sin más, sino un verdadero viaje al interior.
La formulación de la pregunta anterior en un libro dedicado a la libertad no fue una coincidencia. Agustín quiso resaltar el hecho de que el mundo está abierto a las manos del hombre, pero también que hay distintos usos de él. Esto aplica para el vino, la comida o el oro; pero también para la televisión, los autos, la pólvora, la informática o cualquier realidad semejante. La culpa de la indigestión no le toca a la comida, ni la pólvora es responsable de las guerras. Para un malestar digestivo o una batalla campal hace falta, por lo menos, un agente libre detrás. En ese tenor, debemos reconocer también que la televisión no es “la caja idiota”. La descripción, en ocasiones, debería recaer en otro lado.
El calentamiento global y el enfriamiento de las relaciones sociales llegan precedidos en buena media del uso irracional del mundo. San Agustín no fue un profeta, sino un filósofo y un teólogo. Habló a los hombres de su tiempo, pero el eco de su voz llega hasta nuestros días. Los libros viejos a veces enseñan cosas nuevas. Tenemos varias tareas pendientes, redescubrir en qué consiste el uso racional de la técnica y la naturaleza, es sólo una de ellas. Grave error sería pensar que aquello es menester único de los partidos ecologistas o de las industrias que producen desechos tóxicos. El problema es mucho más amplio y nos compete a todos. No podemos quedarnos mirando la realidad como meros espectadores atrás de un cristal. Pensar la técnica y su lugar en el mundo no es una tarea ociosa, sino un asunto urgente para los hombres de una época que parece rendirse ante el imperio de lo efímero.
 
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