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Alberto Ross
Escrito por Administrator   
Viernes, 01 de Agosto de 2014 10:39
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El diálogo y la unidad nacional 


Alberto Ross
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Escuchar los llamados a la unidad nacional —aquí y en China—  es una moneda de uso corriente en los discursos políticos. Se nos ha dicho tantas veces que cada día sabemos menos qué es lo que se quiere decir con tal exhortación. ¿Cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para que una sociedad o un país estén unidos? ¿Qué tipo de unidad se puede esperar de un conjunto de individuos relacionados entre sí por un territorio, una cultura o una raza? En fin, todos deseamos que tal unidad no sea simplemente la complacencia pasiva de un pueblo sin ninguna clase de compromiso con su comunidad.
¿Cómo alcanzar esa unidad que nos reclaman los discursos? Lancemos una respuesta tan trillada como la exhortación anterior: el diálogo. A pesar de que éste junto con los llamados a la unidad nacional parecen haber perdido su eficacia en el mundo práctico, no nos queda más que esforzarnos por volver a dotarlos de sentido en la esfera de lo público.
A pesar de lo que se anuncia en las portadas de algunos libros, no hay un método exacto que garantice un diálogo fecundo y exitoso en todos y cada uno de los casos. ¿Por qué? La razón es un tanto obvia. Para que haya un diálogo real se necesitan dos personas abiertas a proponer ideas y revisar las propias. De nada sirve que una de las partes utilice métodos ultra sofisticados de comunicación, si la otra no quiere escuchar. La manipulación, esa sí que funciona de otro modo.
Aquí tenemos un dato revelador. El diálogo que llega a ser realmente fecundo es el que hace coincidir la voluntad de las dos partes. Es decir, para comunicarse, lo primero que se necesita es querer hacerlo. Pensemos un momento en lo diferente que es una conversación en la que las dos partes están abiertas a la verdad y otra en la que una intenta imponerse a la otra por la fuerza y a como dé lugar. Si trasladamos esta experiencia cotidiana a la escala social, encontraremos el mismo escenario. No habrá diálogo real, mientras las partes involucradas no estén interesadas en comunicarse.
La anhelada unidad nacional, la que nos haría un país con mejor capacidad de respuesta frente a las crisis, sólo llegará por el camino del diálogo real y fecundo. En esta advertencia, no podemos referirnos solamente a los políticos de profesión. El diálogo público reclama, en efecto, la participación de los gobernantes, los partidos, los analistas, pero también la de los ciudadanos comunes y corrientes.
No es fácil decir qué es peor, si el político que engaña o el ciudadano que se calla. La voluntad de diálogo exige en algunos casos no mentir, en otros no hablar de más, pero en ciertos casos exige simplemente hablar y expresarse sobre los temas que son de interés común y que no pueden ser ajenos a nadie que asuma su ciudadanía con un mínimo de responsabilidad. En una época en la que la información está cada vez más al alcance de todos, este deber se vuelve más grave y sería deseable que cada día más personas decidan asumir un papel más participativo en el espacio de público, que por ser tal, también es suyo.
 
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