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El valor de la hospitalidad PDF Imprimir
Alberto Ross
Escrito por Administrator   
Lunes, 01 de Septiembre de 2014 10:39
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El valor de la hospitalidad 


Alberto Ross
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El canto VI de la Ilíada nos relata el memorable encuentro de Diomedes y Glauco en un campo de batalla. Deseosos de combatir, se encuentran cara a cara en el espacio que mediaba entre ambos ejércitos. Diomedes frente a su enemigo, le pide que presente sus credenciales — “¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres?…”—. Glauco, si bien extrañado por la solicitud, detalla su genealogía — “ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido…” —. Ante la respuesta del segundo, se da una revelación. Diomedes reconoce en su enemigo algo más que un soldado del ejército enemigo y dice lo siguiente: “eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo hospedó en su palacio al eximio Belerofonte, le tuvo consigo veinte días y ambos se obsequiaron con magníficos presentes de hospitalidad”. Los antepasados de ambos personajes habían hecho un pacto inquebrantable años atrás, razón por la cual deciden no enfrentarse en el cambo de batalla y deciden intercambiar sus armaduras: “en adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba. (…) Y ahora troquemos la armadura, a fin de que sepan todos que de ser huéspedes paternos nos gloriamos”. ¿Qué hay pues, detrás de la hospitalidad que puede transformar de esta forma a dos guerreros en plena batalla?
Ninguno de los dos se retira del combate y del cumplimiento de su deber, pero en medio de la lucha reconocen un valor que los mueve a no pelear entre ellos y buscar a otros rivales para continuar así, con la defensa de su patria. Una parte importante de la explicación de este pasaje se encuentra en el hecho de que la hospitalidad funciona como una especie de sustituto o extensión del techo familiar. Ser hospitalario con alguien implica hacer sentir al otro como en su casa e incluirlo en la dinámica de la propia. De alguna manera, es hacerlo parte de la familia. De ahí que el lazo entre Glauco y Diomedes no sea fácil de romper. Es casi un lazo familiar.
La hospitalidad, como podemos deducir fácilmente, supone desprendimiento y generosidad. Un buen termómetro de nuestro talante interior como personas –pero también como familias—, lo podemos encontrar en nuestros umbrales hospitalarios. Quizás detrás de nuestro desconfianza en el vecino no está solamente la razonable prudencia frente a la inseguridad, sino también cierta dureza del corazón que nos deja inhabilitados para acoger o si quiera ayudar al extraño. Resulta más fácil hacer como que no vemos y no escuchamos, pero dos guerreros antiguos pueden servir de pretexto para recordarnos esta otra cara de la excelencia humana. En estos tiempos de reflexión sobre el papel de la familia, no deberíamos olvidar el examen del valor de la hospitalidad y de sus condiciones de posibilidad.
 
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