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Felipe de J. Monroy
Escrito por Administrator   
Miércoles, 05 de Marzo de 2014 10:39
Historias y leyendas de El Chapo

Felipe de J. Monroy / Director Vida Nueva México
@monroyfelipe
 
Primero, la leyenda: Es día de muertos de 2011, una reliquia del Papa beato Juan Pablo II está en una peregrinación histórica por todo el país. El fenómeno ya es masivo y mediático, millones de fieles se han acercado a la urna que resguarda una efigie del pontífice que expone una gota de la sangre del santo mientras cientos de millares de fotos y videos de la reliquia aparecen en todos los medios de comunicación y en cada noticiario. A lo largo de este periplo por México no han faltado las sorpresas y episodios críticos, angustiantes, por ello, la vigilancia de la urna es absoluta, infranqueable, interinstitucional, dicen.  Pero entre el de 3 y 6 noviembre, mientras pernoctaban en Sinaloa, sucedió el mito: Joaquín Guzmán Loera “El Chapo” acudió a venerar las reliquias del Papa Wojtyla. Como en todo relato, la fantasía crece al final de la fila; y la fila de fieles que pasaban a tocar la urna de la reliquia, era interminable. Algunos dijeron que acudió disfrazado, con una peluca y una nariz falsa; otros dijeron “¿disfraz? Pa’ qué si todos lo conocemos”; unos más están seguros que en algún punto de la noche, la fila de fieles se detuvo y los elementos de seguridad apartados, por algún acceso secreto habría llegado El Chapo para orar unos momentos al pie de la sangre del Papa.
Dos años atrás el arzobispo de Durango, Héctor González Martínez, había dicho que el famoso líder del Cártel de Sinaloa vivía en aquel estado pues provocaba una “psicosis casi caótica”; González declaró: “Más delante de Guanaceví, por ahí vive El Chapo. Todos lo sabemos, menos la autoridad”. Al año siguiente, el obispo lo calificó casi de omnipresente: “[El Chapo] está en todas partes, lo mismo puede estar aquí que en un bulevar, ahí donde está El Grande (un restaurante de mariscos) o bien estar en Tamazula o amanecer en Huazamota, o por San Andrés de Teúl, en Zacatecas, en donde tiene sus grandes propiedades”.
El Chapo es en sí una leyenda, que Joaquín Guzmán se ha forjado pero con un buen empujón de las autoridades mexicanas y por el mecenazgo patrimonial y cultural que labró durante años. El Chapo es el ícono de una narcocultura ampliamente diseminada por la población y que tiene una capa muy gruesa de apariencias que esconden una realidad interpelante: la orfandad de referencias sociales dignificantes.
Ahora, el hecho: El sábado 22 de febrero, durante un operativo en el hoy célebre Hotel Miramar en Mazatlán, efectivos policiales capturaron “al hombre más buscado del planeta”. Los detalles de la captura los ha relatado todo mundo, también las suspicacias sobre un supuesto doble del capo y todas las versiones posibles de un complot. Sin embargo, una semana después todo parece indicar que los más sorprendidos tras las captura son las propias autoridades.
Quizá habrían pensado en los efectos secundarios del golpe: la lucha de la mafia por el reemplazo jerárquico, la nunca agradable desestabilización de una organización criminal global, la posible vendetta de sus sicarios, bueno, quizá hasta hayan contemplado el déficit de trasiego de mercancía a los EU que reacomodaría vías y operadores de mercado a lo largo de México. Pero lo que dejó perplejos a todos fue la convocatoria de la marcha solidaria al capo en la capital sinaloense. La marcha cumplió su objetivo: El Chapo pasó de delincuente capturado a preso político.
Lo que no suele comentarse en las noticias es que la marcha a favor de El Chapo tuvo un antes y un después: el antes fue el diseño, impresión y negociación para la distribución de mantas, panfletos y volantes; en el antes, estuvo el acuerdo con las dos bandas musicales para pagarles por pieza o por hora, en el pago de la avioneta que, desde el aire, lanzó la propaganda de la marcha y en la creación de los perfiles públicos de las redes sociales desde donde se convocó a la manifestación.
El después es lo que prácticamente todos vimos en televisión, escuchamos en crónicas radiofónicas o leímos en los periódicos: una manifestación a favor del capo a lo largo de los icónicos 2.3 kilómetros culiacanenses que van de las escalinatas de La Lomita hasta la Plazuela Álvaro Obregón a un costado de la Catedral de Nuestra Señora del Rosario.
En medio, sin embargo, reside lo trascendente: en la narcocultura no hay etiqueta del bien y del mal. “Es inmoral”, acotó el obispo de Culiacán, Jonás Guerrero Corona  pero quizá un término mejor sea “amoral”. Esto supone una misión muy particular para las instituciones de orden moral, especialmente para las iglesias.
— ¿Qué sucede entonces?– le pregunto con el mismo pasmo a un religioso sinaloense que prefiere permanecer en el anonimato: “sucede un desconcierto, eso es lo que vivimos. La marcha a favor de El Chapo aprovecha nuestros símbolos y nuestras costumbres. Convocarla en La Lomita, que es donde siempre parten las manifestaciones, aprovecharon la salida de los jóvenes de la preparatoria y la gente de sus oficinas, muchos se sumaron por curiosidad o por el desconcierto, por la música y, según se dijo, acarreados con 200 y hasta 500 pesos. Las exigencias de la marcha fueron que le dieran un trato justo como preso, que no lo extraditaran y que contemplaran en su sentencia los beneficios que había dado a la gente y al estado”.
— ¿De qué beneficios se habla?
—Mucha gente dice que fue apoyada por él durante el Huracán Manuel, gente de la sierra dice haber recibido víveres y medicinas allí donde al gobierno le es difícil llegar. Para esta gente no importa si la actividad es lícita o no, se ha sentido ayudada y eso basta. Se habla también de patrocinio de templos, ninguno católico según entiendo, enclavados en la sierra principalmente.
No es sencillo saber qué ocurrirá en Sinaloa en los próximos meses; la sociedad civil no logró en la marcha por la paz y la dignidad la respuesta que se esperaba, principalmente porque muchos quieren no verse comprometidos; algunas organizaciones políticas y religiosas aún conservan fantasmas o sospechas de sus líderes o representantes y de su actuar en el pasado inmediato.
Hace falta trabajar en la construcción de una cultura diferente, pacífica, humanizadora y corresponsable. Para esto se requiere toda la voluntad y el esfuerzo de la sociedad en su conjunto. Familias, centros educativos, iglesias, empresas, negocios, medios de comunicación y asociaciones civiles con un solo propósito en el horizonte: anteponer el bienestar común al interés individual. Esto debe estar profundo en el pensamiento social, como diría el filósofo cristiano Soren Kierkegard: “nuestra vida siempre se expresa como el resultado de nuestros pensamientos más dominantes” y “aunque la vida solo pueda ser comprendida en retrospectiva, siempre hay que vivirla hacia al frente”.
 
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