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Felipe de J. Monroy
Escrito por Administrator   
Lunes, 21 de Abril de 2014 10:39
La canonización va por la persona no por el pontificado

Felipe de J. Monroy / Director Vida Nueva México
@monroyfelipe
 
Henri Nouwen apuntó que una de las áreas primordiales de la teología es encontrar palabras que no dividan sino que sumen, que no creen conflicto sino unidad y que no lastimen sino que curen. Renace este deseo en el seno de la Iglesia con la canonización de dos de los pontífices más trascendentes para el catolicismo y su relación con el universo moderno: Juan XXIII y Juan Pablo II.
El primero, italiano proveniente de una realidad aún rural que se veía avasallada por severos cambios de paradigmas sociales y culturales, Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II, una experiencia que cimbró la estructura de la Iglesia en su estilo, su práctica y su autopercepción sobre su participación en la misión que le ha sido encomendada. Y cuyo espíritu ha alimentado las fuerzas vivas de la Iglesia en el último medio siglo.
El segundo, de origen polaco, testigo y sufriente de la transformación política y económica en su nación y en el orbe, Karol Józef Wojtyla, Juan Pablo II, concretó a lo largo de su pontificado modelos de gobierno, evangelización, misión y encuentro con las realidades sociopolíticas. La vigilancia, disciplina, animación y sacrificio del camino elegido para el cristiano como signo de contradicción en el mundo entusiasmó al mundo entero y colocó a la Iglesia católica como un interlocutor indispensable en la búsqueda por la construcción de sociedades humanitarias y libres.
Juan Pablo II llega a los altares, distinguiendo su experiencia de fe y de pastor en el libro de los santos; sin embargo, para el pueblo el Papa Wojtyla ya era santo y lo exigió así a la Iglesia que sirvió y a su sucesor el papa Benedicto XVI quien respondió al grito unísono de “¡Santo subito!” concediendo la excepción pontificia para iniciar su proceso de canonización sin esperar los cinco años que prescribe la reglamentación de la Congregación para los Santos. Por su parte, Juan XXIII también es inscrito en el Canon de los santos por una concesión pontificia que el papa Francisco solicitó para eximir del estudio y comprobación de un segundo milagro atribuido a la intercesión del Papa Roncalli, como beato también es reconocido por la comunión anglicana.
Ambos titanes del siglo XX configuraron un estilo de Iglesia, una búsqueda de servicio y abrieron la posibilidad de dialogar en un mundo que ya no precisaba de cruzadas ideológicas sino de presencia testimonial, de encuentro y de experiencia latente de la fe en cada cultura existente en los cinco continentes.
Hay, por tanto, más coincidencia que distancia entre ambos pontífices. Frente a la inminencia de la canonización de Juan Pablo II se suele esgrimir la idea de la ‘compensación’ que Francisco quiso hacer con la exención de la regla para equilibrar con la canonización de Juan XXIII la abrumadora personalidad del Papa polaco y de sus 26 años de ministerio petrino. Suele argumentarse desde una mentalidad acostumbrada a los malabares, condicionada e inconsecuente, que juzga en la santidad al gobierno pontificio de cada uno. La santidad, como apunta nuestro amigo y director global de Vida Nueva, Juan Rubio, va por la persona no por el pontificado.
¿Puede haber más diferencia entre un pontificado de cuatro años y medio frente a uno de más de 26? ¿Es válido comparar la cantidad de magisterio pontificio, de las decisiones de gobierno, de los acontecimientos vividos entre un pontificado de apenas un lustro frente a otro de más de un cuarto de siglo? La santidad que ahora reconoce la Iglesia de Roncalli y Wojtyla no está sujeta a su función ni a su dignidad pontificia sino a la elección que hicieron de Dios y de su mensaje, de su búsqueda incansable del corazón de los seres humanos, de su respuesta positiva frente a un horizonte de desafíos, de la esperanza experimentada en medio de los grandes cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra: de su fe encarnada en la realidad de su contexto inmediato.
Es innegable que este 27 de abril, domingo de la Misericordia se coloque en el centro al Papa del Concilio, a Juan XXIII “El Bueno” y al Papa Viajero, a Juan Pablo II “El Grande”. Ojalá puedan estar con su pensamiento y su disposición frente a la necesidad de Dios por el hombre que barbecha la tierra para que Él siembre la eternidad en la humanidad. Ojalá esté san Juan XXIII en su frase: “Miré con mis ojos dentro de los tuyos, puse mi oído junto a tu corazón” y san Juan Pablo II con su convicción sobre que “el futuro inicia hoy, no mañana”.
Dice la frase anónima que “Dios no bendice los toques a retirada” y ambos hombres eligieron permanecer junto al Misterio, tal como ahora lo hacen el papa emérito Joseph Aloisus Ratzinger y el pontífice Jorge Mario Bergoglio. La riqueza de la Iglesia está precisamente en la diversidad de sus carismas y en la pluralidad de miras tanto como lo está en la comunión de sus miembros, la certeza de su tarea y la unidad en torno al destino del hombre.
Esta doble canonización es la certificación que hace la Iglesia de la conclusión del siglo XX y de la apertura que hacemos en el siglo XXI como comunidad renovada en espíritu, misión y desafíos. Ha aparecido un nuevo continente para el hombre -el digital- y los parámetros culturales y sociales han dejado de ser los del siglo de las dos guerras mundiales; hoy las economías no dependen de dos centroides de poder y la polarización del mundo no es entre dos naciones o dos conceptos de sociedad. Los desafíos se perfilan en torno al relativismo indolente, la deshumanización de la vida, el individualismo ideológico y la distancia entre el ser y la ficción de ser. Y en esta realidad también habrá santos que caminen con provisiones de fe, esperanza y caridad.
 
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